De  Genaro Morón, Madrid, en marzo del 59.

Se cae una tarjeta de sus páginas.

Pone: Conchi. Modista. Confección a medida.

Arreglos y reformas, en Hermanos Miralles 21.

Por las marcas del libro y la tarjeta,

vienen a mí, después de tantos años,

girones de tu vida,

y sé ahora algo, Genaro,

de esa triste y trivial realización

(una entre las miríadas de miríadas)

de aquella especie que se llama “homo”.

No viviría muy lejos la familia

-Conde de Peñalver, Padilla, Alcántara-

de la casa de Conchi.

Lo tienen casi todo:

tres salas, tres alcobas

y un patio cantarín lleno de tiestos.

Comida suficiente. Si hace bueno,

paseo por La Perona o el Retiro

y, si hace malo, al cine. En el Fantasio,

a precios moderados, reestrenan las películas mejores.

El colegio en la misma calle que la modista.

Te veo leyendo el  libro sentado en tu butaca, bien caliente,

mientras miras la lluvia que galopa

saltando  entre los cables del tranvía.

No te falta de nada

pero no estás contento.

Ninguna concreción de “homo” lo está.

El libro que ahora tienes en tus manos,

después llegó a las mías.

Y con el libro vino tu tristeza,

que con la mía se mezcla.

Recuerdo el barrio aquél, aquellas horas,

largas y melancólicas,

que no acababan de pasar ni a tiros.

El libro vivirá, pero nosotros,

criaturas sin fe, sin esperanza,

estamos condenados a la muerte.

Y lo sigo leyendo como tú lo leiste,

sentada en mi butaca, junto al fuego.

Mientras pasa la vida detrás de los cristales,

llego a la última página.