Hera

Te acercaste volando torpemente,

apenas sí podías despegarte del suelo.

Yerto y lleno de barro, dando tumbos,

llegaste a mi regazo

con las plumas mojadas,

que no podían cubrir

la carnecilla tierna de tu cuerpo,

¡tan pequeña!, ¡tan pobre!

Te acurruqué en mis brazos

mientras tú me contabas

una historia muy triste:

tu nido destrozado por la lluvia

con sus huevos azules, tu esperanza.

Te besé, enternecida, y me violaste,

pajarraco insufrible, cuco artero.

Y luego -¿qué remedio?-

te tomé por marido.

Hera y Zeus, Sicilia, s. V a.C