Edmund Dulac

Un poco se movió, o eso me parecía,

el pastor que te sigue eternamente

mirándote a los ojos, Endimión.

Pero eran las nubes las que andaban,

no él. Volaban presurosas

a presentarte velos nacarados

más sutiles que el aire

para que tú eligieras el vestido

que deseabas lucir aquella noche

 en el baile del cielo.

Como una perla blanca destellaste

contra el azul espeso

abriendo las tinieblas.

Así brilla su amor opalescente

ahuyentando las sombras

en los mares amargos de mi alma.

 

 

Ida Rentoul Outhwaite