Jacob Jordaens. Polifemo

Eneida III

ENEIDA III

 

Después de que el decreto de los dioses expulsara de Asia al inocente linaje de Príamo, después de que cayera la soberbia Ilión y de que toda la Neptunia Troya se resolviera en humo; tratamos de obtener augurios de los dioses  y de indagar sobre los diversos lugares de exilio y sobre las tierras deshabitadas. Teníamos la flota anclada en el puerto de Antandro, al pie de los montes del frigio Ida; no sabiendo a qué lugar nos lleven los hados o dónde nos sea concedido asentarnos, reunimos a los hombres. Como había comenzado el verano, el padre Anquises ordena dar las velas a la ventura. Dejo entonces las costas de la patria, llorando, y el puerto y  los campos donde Troya fue. Me hago a la mar desterrado, con mis compañeros, mi hijo, los penates y los grandes dioses.

Lejos está Mavortia, tierra con grandes campos cultivados (los aran los tracios). Gobernada antiguamente por el severo Licurgo, estuvo unida por lazos de hospitalidad con Troya y sus penates eran amigos mientras duró la fortuna. Fui llevado hasta allí y en la curva playa emplazo las primeras fortificaciones, dejándome llevar por hados inicuos, y  fundo el linaje de los Eneadas, a partir de mi nombre. Hacía sacrificios a mi madre Dione y a los otros dioses para los auspicios de los trabajos emprendidos e iba a sacrificar en la playa un hermoso toro para el supremo rey de los habitantes del cielo. Casualmente, había al lado un montículo con unas matas de cornejo en lo alto y un áspero mirto de denso follaje; me acerqué tratando de arrancar ramas verdes del suelo, para cubrir el altar de frondosos ramos. Veo entonces, pasmoso decirlo, un prodigio: en cuanto arranqué las primeras raíces del árbol, le salieron a éste gotas de negra sangre y se manchó la tierra de sangre corrompida. El frío terror recorrió mi cuerpo y se me heló la sangre de espanto. Una vez y otra traté de arrancar el flexible arbusto para averiguar en profundidad las causas ocultas del hecho, y todas las veces salía de la corteza negra sangre. Conmovido mi ánimo por tan grandes sucesos, me encomendaba a las ninfas agrestes y al padre Gradios y a Getis, con su rito, para que me ayudaran y me apartasen de la ominosa visión. Pero cuando ataqué las ramas del nudo mayor, caí postrado de rodillas. Bajo la arena (¿hablaré o callaré?) oí un gemido lastimero que venía desde lo más hondo del túmulo, y la voz, llegando a mis oídos, me dijo: “¿Por qué hieres al desgraciado, Eneas? Respeta al que yace sepultado y deja de profanar tus piadosas manos. Troya no te hizo extraño a mí ni a esta sangre que mana del tronco. ¡Huye de las crueles tierras! ¡Huye de la avarienta costa! Pues yo soy Polidoro, el que cayó aquí abrumado por el hierro de los dardos y se convirtió luego en una planta de agudas espinas”. Entonces, verdaderamente, me quedé atónito, con la mente dominada por el horror de la doble naturaleza, los cabellos se me erizaron y la voz permaneció pegada  a mi garganta.

Este Polidoro es aquél que el infeliz Príamo enviara hace tiempo, con gran cantidad de oro, para que lo criara el rey tracio en secreto, cuando ya desconfiaba de que las armas dardanias pudiesen levantar el cerco de la ciudad. Cambió este rey de bando cuando vio rotas las fuerzas de los teucros, y, siguiendo la causa de Agamenón y sus armas vencedoras, rompió el sagrado pacto: mató a Polidoro para apoderarse de las riquezas. ¡Qué no conseguirá del pecho mortal la maldita sed de oro!

Después de que el pavor dejara mis huesos, cuento el prodigio de los dioses a los hombres eminentes del pueblo, en primer lugar a mi padre, y les pido su parecer. En todos los pechos se halla la misma resolución: salir de la tierra profanada, dejar el lugar de hospedaje contaminado y largar las velas al viento. Así pues organizamos el funeral de Polidoro y fue amontonada en el túmulo una enorme cantidad de tierra. Se preparan las aras fúnebres de los manes con las vendas moradas y las guirnaldas de negro ciprés, tal como las llevan alrededor del cabello las ilíades, según la costumbre. Llevamos allí escudillas de espumeante leche tibia y páteras con sangre del sacrificio. Instalamos su alma en el sepulcro y le dimos con grandes gritos el último adiós.

Desde aquí, en cuanto se pudo confiar en le piélago porque los vientos mantenían lisa la superficie y el suave Austro, resonando en las velas, llamaba hacia alta mar; los compañeros sacan las naves y dejan la playa. Salimos del puerto, las tierras y las ciudades se van alejando. En medio del mar se halla una tierra gratísima a Neptuno Egeo y a la madre de las nereidas; a la cual, antes errante de una costa en otra, el piadoso Arquero (Apolo) sujetó a las costas de Miconos y Gíaros. Le otorgó poder contener los vientos y ser habitable. Hasta aquí fui conducido. Agotados, nos recibió en su puerto la placidísima isla; después de desembarcar, nos acercamos a la ciudad de Apolo.

El rey Anio, a la vez rey de los hombres y sacerdote de Febo, ceñidas las sienes con las ínfulas del dios y el sagrado laurel, al anciano Anquises reconoció como amigo. Unimos las manos en señal de hospitalidad y subimos a los edificios.

En el templo, construido de vieja piedra, yo suplicaba humildemente al dios:

“Concede casa propia, Timbreo, concede murallas a los desamparados y descendencia y una ciudad para que sea habitada por ella. Conserva la otra Pérgamo de Troya, la salvada de los dánaos y del inexorable Aquiles. ¿A quién seguiremos? ¿Adónde nos mandas ir? ¿Dónde poner las casas? Da, padre, augurio que penetre en nuestros ánimos”. Apenas había dicho esto, cuando se ve que tiemblan de repente todos los pórticos y el laurel del dios, y que todo el monte de alrededor se mueve, y que muge el trípode desde lo más profundo del santuario. Sumisos, preguntamos por la tierra y su voz llegó a nuestros oídos: “Dardánidas duros, la primera tierra que os mantuvo en el origen de vuestro linaje, la misma, os recibirá cuando volváis. Buscad a vuestra antigua madre. Desde allí, la casa de Eneas dominará todos los confines, y los hijos de sus hijos y los que nacerán después de ellos”. Esto Febo, dando gran alegría  a la muchedumbre congregada, todos quieren saber cuáles serán esas murallas a las que Febo llama a los errantes y a las que les ordena volver. Entonces mi padre, revolviendo recuerdos de los antepasados, “oíd, próceres” –dijo- “llegad a conocer vuestras esperanzas. En medio del ponto yace Creta, la isla del gran Júpiter; en el monte Ida de allí está el origen de nuestro linaje. Fundaron cien grandes ciudades, reinos ubérrimos, desde donde nuestro primer padre, Teucro, si recuerdo bien lo oído, fue empujado a las costas reteas y eligió un lugar para el reino. No se había levantado entonces Ilión ni las ciudadelas de Pérgamo: habitaban los profundos valles. De allí llegaron el culto a la madre del Cibele y los címbalos de los coribantes; de allí el sigilo fielmente guardado de los misterios y los leones uncidos al carro de la señora. De modo que, vamos, los dioses nos indican que sigamos lo que está determinado; propiciémonos los vientos y pongamos rumbo a los reinos cnosios. No están muy lejos. Asístanos Júpiter y en tres días instalará la flota en las orillas de Creta”. Una vez dicho esto, sacrificó en los altares un toro en honor a Neptuno; otro en honor a ti, hermoso Apolo; una cabra negra al Invierno y otra blanca a los céfiros favorables.

Vuela la noticia de que, expulsado Idomeneo, ha dejado de gobernar los reinos paternos. Dejada la costa de Creta por el enemigo, queda libre el solar y los edificios abandonados nos esperan. Volamos por el mar y dejamos atrás el puerto deOrtigia, y a Naxos, cuyas cumbres resuenan con el grito de Baco, y la verde Donusa, y  Olearo y la nívea Paros, y también  las Cíclades, que salpican la superficie del mar;  y nos dirigimos a las ricas tierras con gran esperanza. Surge el clamor marinero de la abigarrada concurrencia: los compañeros claman por ir a Creta  y a los antepasados, así que, se siguió el viento que venía de popa y, por fin, llegamos a las antiguas playas de los curetes. De modo que, ávido, empiezo a construir los muros de la deseada ciudad, la llamo Pergamea y animo a la feliz estirpe, en pro del nombre, a elegir los hogares y a levantar los edificios de la ciudadela.

Así que, puestas en seco las naves en la playa, y, ocupada la juventud en las nuevas bodas y en los campos, otorgaba yo leyes y casas. Cuando, de repente, vino del cielo un año mortal, que dejó la región corrompida. Enfermedad digna de compasión para los hombres y plaga para los árboles y las cosechas: exhalaban las dulces ánimas o arrastraban sus cuerpos enfermos, mientras Sirio hacía estériles los campos, se secaban los tallos y el sembrado negaba el sustento. Mi padre me aconseja que, volviendo a cruzar el mar, llegue a Ortigia, para pedir oráculo a Febo sobre cuál sería el fin de estas fatigas, de dónde manda tomar ayuda para estos trabajos o hacia dónde volver el rumbo.

Era de noche, el sueño poseía  a todos los vivientes en la tierra: las imágenes sagradas de los dioses y los penates frigios, que yo había salvado de los fuegos de la ciudad y traido conmigo desde Troya, vi que se iluminaban ante mis ojos, mientras dormía, visibles por la mucha luz que la luna llena filtraba por las ventanas abiertas; entonces así me hablaron y apaciguaron mis preocupaciones con estas palabras: “Lo que esperas que se te diga en Ortigia, ya ha sido  declarado por Apolo. Él profetizó ya, y nos encargó el cuidado de tus cosas hasta el final a nosotros, que seguimos tus armas desde Dardania incendiada; a nosotros, que pasamos contigo en la flota el crecido mar. Nosotros elevaremos hasta las estrellas a tus futuros nietos y daremos el imperio a la ciudad.

Planea tú una gran muralla para los grandes[1] y no dejes el trabajo por lo largo del camino. Hay que cambiar el lugar, no es ésta la playa que te indicó Delio ni quiso Apolo que te instalaras en Creta.

Existe un lugar, los griegos lo llaman Hesperia, tierra antigua, poderosa en la guerra y de ubérrimos campos; la colonizaron hombres de Enotria, ahora los descendientes llaman a la estirpe Italia, por el nombre de su caudillo. Ésta es nuestra sede propia. Aquí tuvo lugar el nacimiento de Dárdano y el del padre Yasión, del que viene nuestro linaje. Vamos, levántate y lleva este vaticinio indudable a tu anciano padre: Júpiter te dará Córito y las tierras de Ausonia, pero te niega los campos dicteos”. Atónito por la voz de los dioses y por tales visiones (aquello no era un sueño, sino que me parecía reconocer claramente sus rostros, sus veladas cabelleras y sus propias palabras; mientras que un gélido sudor manaba de todo mi cuerpo. Me quito las mantas y tiendo hacia arriba las manos, clamando al cielo, y ofrezco a los dioses un sacrificio sin mancha en los altares. Alegre por el honor recibido, hago a Anquises conocedor del asunto, y en orden se lo relato. Cayó en la cuenta de que los padres gemelos y la prole doble[2] le habían llevado a la presente equivocación sobre los primeros emplazamientos. Entonces rememora: “Hijo, entrégate a los hados de Ilión, tal suceso me vaticinaba a mí solo Casandra. Ahora comprendo que vaticinaba lo que estaba destinado a nuestro linaje, cuando invocaba a Hesperia unas veces, y otras, a los reinos ítalos. Pero, ¿quién pensaría entonces que los teucros irían a parar a las costas de Hesperia? ¿A quién convencía entonces la profetisa Casandra?

Cedamos a Febo y, advertidos, sigamos lo mejor”. Así habló y todos, dando voces de alegría, nos mostramos conformes con lo que había dicho. Abandonamos también este lugar y, dejando allí a unos pocos, corrimos a las cóncavas naves y largamos la vela hacia el agua inmensa.

Cuando ya estaban los navíos en alta mar y no se veía ninguna tierra, sólo cielo y agua, entonces se desató sobre nuestras cabezas la oscura tempestad, que traía la noche y el frío y erizaba de tinieblas las olas. Los vientos revuelven continuamente el mar y se levantan grandes masas de agua, nos vemos obligados a separarnos por el gran torbellino, los nimbos ocultan el día y cae del cielo la húmeda noche, se fraguan relámpagos en las abruptas nubes, perdemos el rumbo y vagamos errantes por las ciegas ondas. Palinuro no encuentra el camino del mar porque no puede distinguir en el cielo el día de la noche. Hasta tal punto navegamos inseguros por el ponto entre la ciega niebla tres días y otras tantas noches sin estrellas. Al cuarto día, por fin, se avista por primera vez la tierra, apareciendo a lo lejos una montaña de la que se eleva humo. Se arrían las velas y vamos a los remos sin tardanza, los esforzados marineros rizan la espuma, surcando la superficie azul. Las Estrófades son las que primero me reciben en sus costas, salvado ya de las olas. Están en el mar Jonio las islas llamadas con el nombre griego de Estrófades. Fueron colonizadas por la cruel Celeno y las demás Harpías, después de que les fuera cerrada la casa de Fineo y de que, por miedo, abandonasen sus anteriores banquetes. Ningún monstruo más triste ni ninguna peste más cruel ha lanzado la ira de los dioses desde las ondas estigias. Aves con rostro de muchacha, pestilente deyección de su vientre, manos ganchudas y pálida boca siempre hambrienta.

Dirigiéndonos hacia aquí, entramos en el puerto. Entonces vemos un pingüe rebaño de bueyes y otro de cabras, en los prados no había ningún pastor. Atacamos con la jabalina y ofrecemos a los dioses y al mismo Júpiter parte de la presa. Mientras, en la curva playa dispusimos los lechos y empezamos a banquetear con los abundantes animales sacrificados. Pero, de repente, en un terrible momento, llegan de los bosques las Harpías, alborotando con el estruendo de sus alas, se acercan a los manjares y con su inmundo contacto los apestan. Olor asqueroso, griterío hiriente. Volviendo en fila a la cueva rocosa (cerrada por árboles y rodeada de espesa sombra), pusimos otra vez las mesas en los altares y reavivamos el fuego; pero otra vez, desde distinto cielo, desde sus ciegas guaridas, la ensordecedora turba atrapó volando la presa con sus garras y la profanó con su boca. Ahora ordeno a mis compañeros que tomen las armas y que se haga guerra a la cruel ralea. Para ello dispongo que hagan trincheras y que, distribuyéndolos por la hierba, escondan las espadas y los escudos. En cuanto ellas se lanzan a la curva playa, da señal Miseno con el hueco bronce desde lo alto de la cueva. Salen los compañeros e intentan, renovando el combate, arrojar por medio del hierro al mar a las asquerosas aves; pero no pueden traspasar sus plumas ni las espaldas de ellas reciben heridas, escapando en rápida fuga bajo las estrellas, dejan los manjares roídos y su fétido olor. Una queda sobre alta roca, Celeno, siniestro vate, este discurso salió de su pecho: “¿Guerra además  de  la matanza de los bueyes y el derribo de los becerros, laomedóntidas? ¿No hacéis también la guerra para expulsar de su solar patrio a las inocentes Harpías? Recibe, en consecuencia, estos oráculos y grábalos en tu corazón; el padre omnipotente se los dijo a Febo y Febo Apolo a mí y a vosotros yo, la mayor de las furias, os los revelo:

Dirigís la marcha hacia Italia e invocáis a los vientos, pues bien, a Italia llegaréis, se os concederá llegar a puerto. Pero antes de que la ciudad otorgada ciñáis de murallas, por la injusticia que nos hicisteis con las desgraciadas matanzas, sufriréis un hambre tan cruel que os obligará a aplacarla comiéndoos las mesas”. Dijo, y huyó a la selva, desplegando las alas. En cuanto a los compañeros, se les heló la sangre de espanto, decayeron los ánimos y, ya no con armas, sino con votos y preces quieren con insistencia alcanzar la paz con ellas, sean diosas o crueles e inmundas aves. Y el padre Anquises, desde la playa, invoca a los grandes dioses con las manos extendidas y proclama los honores merecidos:

“Dioses, apartad las amenazas; dioses, alejad la desgracia y conservad, complacientes, a los piadosos”. Después larga la amarra de la costa y manda dejar las escotas extendidas. Se tienden las velas al Noto: huimos por las espumosas ondas y el piloto marca el rumbo según el viento.

Ya aparece en medio del mar la boscosa Zacinto y Duliquio y Same y la boscosa Nerito. Sorteamos los acantilados de Ítaca, los reinos de Laertes, y maldijimos la tierra nutricia del cruel Ulises. Aparece después la cumbre nubosa del monte Leucates y Apolo (promontorio), temido por los marineros. Llegamos hasta allí cansados y subimos a la pequeña ciudad. Se echa el ancla por la proa y las naves permanecen sujetas a la costa. Así que, tomando posesión, por fin, de tan inesperada tierra, encendimos los fuegos para el sacrificio. En la costa de Accio celebramos juegos ilíacos. Desnudándose, los compañeros ejercitan las patrias destrezas chorreando aceite. Recuenta la juventud todas las ciudades argólicas de las que ha escapado y la fuga que había logrado entre tantos enemigos.

Mientras tanto, el sol completa su vuelta anual y el invierno alborota las olas con los gélidos aquilones. El escudo de cóncavo bronce, arma del gran Abante, clavo en los pórticos y grabo los marcos con este verso: ENEAS ESTAS ARMAS PROCEDENTES DE LOS DÁNAOS VENCEDORES. Después mando dejar el puerto y que se sienten en los bancos.

Vivamente los compañeros hieren el mar con los remos y surcan el agua. Más allá perdimos de vista las aéreas ciudadelas de los feacios y recorrimos con la vista la costa de Epiro y en el puerto caonio nos refugiamos y subimos a la alta ciudadela de Butroto..

Una vez aquí, llegan a mis incrédulos oídos ciertas noticias: que el priamida Héleno reina en ciudades griegas, poseedor de la esposa y el cetro del eácida Pirro, y que Andrómaca se ha vuelto a casar con un marido de su tierra. Me quedo estupefacto, con el pecho inflamado por el gran deseo de abrazar al hombre y conocer todas sus peripecias.

Después de dejar la flota en el puerto, me alejo de la costa, cuando, por casualidad, en un bosque cercano a la ciudad, junto a las ondas de un falso Simois, Andrómaca ofrecía a las cenizas de Héctor manjares consagrados y dones fúnebres, y llamaba a sus manes al túmulo, en el que, vacío sobre la verde hierba, había dedicado dos aras a las lágrimas. Como me reconoció cuando llegaba y vio a mi alrededor las armas de Troya, demente, espantada por tan grandes prodigios, se quedó fría cuando me vio. el calor dejó sus huesos y se desmayó. Después de largo rato apenas pudo proferir: “¿Es de verdad esta cara la tuya?  ¿Te diriges a mí como mensajero veraz, hijo de diosa? ¿Vives? o, si la nutricia luz te ha dejado, ¿dónde está Héctor?” Derramó lágrimas y todo el lugar se llenó de su clamor. Apenas se calma un poco, me acerco y, conmovido, acierto a decir unas pocas palabras: “Vivo, en efecto, y llevo la peor vida de todas. No ves algo dudoso, sino la verdad.

¡Ay! ¿Sigue haciendo presa en ti la desgracia, abandonada por tu marido o se te volvió la suerte, Andrómaca de Héctor? ¿Sigues siendo la mujer de Pirro?”

Apartando el rostro y bajando la voz, dijo: “¡Feliz la virgen priamida, una entre todas, que fue mandada matar en el túmulo[3] enemigo, bajo las altas murallas de Troya, porque no sufrió aquellos sorteos ni subió, cautiva, al lecho del vencedor. Después de incendiada la patria, yo fui arrastrada por muchos mares, y soporté en la esclavitud al soberbio joven de la esforzada estirpe de Aquiles, quien, más tarde, pretendiendo enlaces lacedemonios con Hermione, nieta de Leda; me entregó a mí, esclava a Héleno, esclavo. Al punto, Orestes, inflamado por el gran amor de su novia raptada, y agitado por las furias del crimen, lo mata cuando lo encuentra desprevenido junto al altar de su padre[4]. Tras la muerte de Neoptolemo, una parte de sus reinos fue heredada por Héleno, que llamó caonios a los campos y Caonia a todo el dominio, por el troyano Caón. Puso, además, sobre el cerro una pérgamo, como la ciudadela de Ilión.

Pero a ti, ¿qué acontecimientos te trajeron?, ¿qué hados te cayeron en suerte o qué dios te empujó a nuestras desconocidas orillas? ¿Qué es del niño Ascanio? ¿Está vivo y respira? El a ti, cuando Troya...

¿Se acuerda de su perdida madre? ¿Conserva la antigua virtud y el ánimo viril de su padre Eneas y de su tío Héctor?” Tales cosas profería llorando y tales suspiros exhalaba en vano, cuando llega a nosotros el héroe Héleno, priamida, acompañado de muchos. Feliz por reconocer a los suyos, nos llevó a las puertas de la ciudad y derramaba lágrimas a cada palabra. Llego a la pequeña Troya y a la fingida Pérgamo y reconozco el arroyo al que llaman Janto y me abrazo a la jamba de la puerta escea.

Todos los teucros disfrutaron de la ciudad amiga, los recibía el rey bajo los amplios pórticos, libaban a Baco en medio del banquete con escudillas de oro y sujetaban las páteras.

Pasó un día y otro día. Ya los vientos llaman a las velas y se tensa el trapo por el hinchado Austro. Me dirijo al adivino con estas palabras y tales cosas le pregunto: “Troyígena, intérprete de los dioses, que los divinos pensamientos de Febo, que el trípode y el laurel de Claros, que el curso de los astros y el lenguaje de las aves sientes  y los presagios de sus vuelos;  comienza a hablar. Pues ya la religión me aseguró un viaje totalmente próspero y todos los dioses me persuadieron de que fuera a Italia y asediara las tierras prometidas. Sólo la harpía Celeno, con nefasta palabra, cantó un nuevo prodigio y auguraba nuevas contrariedades y hambre siniestra. ¿Qué peligros evito primero? o ¿siguiendo qué camino podré superara tantos trabajos?”

Entonces, Héleno, después de sacrificar los becerros según la costumbre y de pedir la paz a los dioses, desató las ínfulas de su cabeza consagrada y a mí, a tus umbrales, Febo, turbado mi ánimo, con su propia mano me condujo y después profetizó estas cosas con boca divina:

“Hijo de diosa, (pues es manifiesta por los auspicios mayores la seguridad de que te hagas a la mar. Así sorteó el rey de los dioses los hados, revolvió los destinos y estableció el orden), pocas cosas te diré, de entre las muchas que podría decirte, sobre los lugares que te recibirán, desde que lustres los mares hasta que puedas llegar al puerto ausonio. Algunas vetan las parcas que las sepa Héleno y otras me impide declararlas la saturnia Juno. En primer lugar, Italia, que tu juzgas cercana y cuyos puertos, ignorante, te dispones a invadir, está muy lejos. Un largo camino te separa de la inaccesible tierra. Pasarás, fatigando los remos, por las trinacrias ondas y, lustrando con las naves la sal del mar de Ausonio[5], por el lago del infierno, y por Eea, la isla de Circe, hasta que puedas fundar la ciudad en tierra segura. Te diré las señales, consérvalas guardadas en tu mente: encontrarás que yace ante ti, angustiado, recostada bajo las encinas, a la orilla de un escondido río, una enorme cerda totalmente blanca con treinta recién nacidos, y alrededor de sus ubres los lechoncillos blancos[6]. Éste será el lugar de la ciudad y allí descansarás de las fatigas. No temas los mordiscos a las mesas, que han de venir; te ayudarán los hados y encontrarás la salida invocando a Apolo. Sin embargo, huye de esta tierra y de esta orilla de la costa de Italia[7]que baña nuestro mar con su oleaje, pues todas sus murallas están habitadas por los malvados griegos. Aquí edificaron murallas los locrios de Naricia y los campos salentinos ocupó militarmente el lictio Idomeneo; allí está la pequeña Petelia, rodeada por el muro del jefe melibeo[8] Fil octetes.

Pero cuando, pasando las naves, asienten al otro lado del mar y, disponiendo los altares en esa costa, ofrezcas a los dioses los votos debidos cubriéndote; cuida de tapar bien los cabellos con el amito[9] púrpura, no sea que entre los santos fuegos de los dioses, surja un rostro enemigo y perturbe el augurio. Guardad, compañeros, esta tradición en los misterios y permanezcan vuestros nietos fieles a este voto.

Cuando el viento te lleve a las costas de Sicilia, y alcances a ver los pasos del angosto Peloro[10], entonces, tienes que dirigirte al mar de la izquierda, dando un rodeo; huye de la costa derecha y de sus olas. En estos lugares, por la fuerza del mar y por un enorme terremoto que los demolió (tantas cosas puede cambiar el largo transcurrir del tiempo) llegaron a separase las tierras que antes fuesen una. Entró por medio con fuerza el mar y con sus olas separó las costas de Sicilia de las de Hesperia, y con fuerte oleaje baña los campos y las ciudades situadas a ambos lados del estrecho[11].

La costa derecha, Escila; y la izquierda la ocupa la implacable Caribdis. Sorbe en torbellino tres enormes golpes de mar hasta lo más profundo del abismo, y otra vez al aire los expulsa, uno tras otro, y sacude la ola las estrellas.

En cuanto a Escila, una caverna la esconde en sus ciegos costados, y, cuando sale a la boca de la cueva, atrae a las naves hacia las rocas.

La primera tiene rostro humano y muestra hasta el pubis pecho de hermosa virgen, pero el final del cuerpo es de pez enorme, saliéndole del cuerpo una cola de lobo marino.

Es mejor rodear los picos del trinacrio Paquino[12] y navegar a su alrededor en largo viaje que, cayendo en la informe Escila, ver los acantilados resonantes y los cerúleos perros.

Después, si crees que hay algo de prudencia en el profeta Héleno, algo de fe; si llena su ánimo de verdad Apolo, una sola cosa, hijo de diosa, una entre todas te diré y te aconsejaré, repitiéndola una y otra vez: adora en primer lugar con gran plegaria al numen de Juno; canta, libando votos a la poderosa señora y propíciala con súplicas y ofrendas. Porque así encontrarás después, victorioso, las fronteras de Italia. Una vez llegues allí, acudirás a la ciudad de Cumas, a los divinos lagos y a las resonantes selvas del Averno y consultarás a la demente profetisa, la que, bajo inmensa cueva, canta los hados y escribe las cifras y los nombres en hojas. Trazó los versos en las hojas y asignó a cada una su número y las dejó encerradas en la cueva. Aquellas permanecen sin moverse ni cambiar de orden en sus lugares; pero, cuando ella hace moverse la puerta en el quicio, el suave viento cambia las tiernas hojas, pero ella no se ocupa de recoger las hojas que revolotean por la cóncava cueva ni de volverlas a colocar en su sitio o de unir los versos: los que llegan a consultar se alejan sin respuesta y aborrecen la sede de la Sibila. Aquí habrán de detenerse todos contigo, por más que los compañeros te increpen e incluso la vela te llame con fuerza a recorrer el mar, aunque pudieras completar favorablemente la navegación de las costas; hasta que llegues y pidas con súplicas los oráculos, hasta que, queriéndolo ella, abra su boca y los cante con su voz. Aquella te dirá las guerras que habrán de venir con los pueblos de Italia, de qué modo huyas y cuál sea tu misión; te dará también, si se lo suplicas humildemente, vientos favorables. Éstas son las cosas de las que a nuestra voz está permitido avisarte. Ve pues, haz con tus hazañas que la grandeza de Troya llegue al cielo”.

Después de que el vate con su voz amiga dijera esto, ordena llevar a las naves pesados dones de oro y de labrado marfil. Espléndido, carga las bodegas de plata y vasos de Dodona y además, una loriga tejida con tres cabos de oro y el cono, provisto de penacho de plumas, del insigne yelmo, arma de Neoptolemo; también da regalos a mi padre. añade caballos y guías, completa los remeros y proporciona armas a los compañeros.

Mientras tanto, Anquises mandaba poner en orden la escuadra y las velas para que no hubiese demora cuando saltara el viento. A él, con mucho respeto, le interpeló el intérprete de Febo: “Anquises, hazte digno de tu excelso matrimonio con Venus; cuida de los dioses, dos veces salvado de las ruinas de Pérgamo. Ahí tienes la tierra de Ausonia, conquístala con tus naves. Sin embargo, es necesario costear hacia ella por el mar, está lejos aquella parte de Ausonia de la que habló Apolo. Ve”, dijo, “padre feliz a causa de la piedad de tu hijo, ¿qué adelantaré si os entretengo hablando, cuando ya se han levantado los austros”.

En no menor medida, Andrómaca, triste por la separación definitiva trae vestiduras bordadas en oro, y para Ascanio una clámide frigia, y, no conformándose con este honor, le colma de regalos y de ricos vestidos, profiriendo tales palabras: “Recibe, niño, estas cosas, sean para ti testimonio de mis manos. Te recordarán, cuando estés lejos, el amor de Andrómaca la esposa de Héctor. Recibe los últimos regalos de los tuyos. ¡Oh, única imagen que me queda de mi Astianacte! Tenía aquél tus mismos ojos, tus mismas manos, tu misma figura; y ahora hubiera llegado contigo a la pubertad”.

Y yo, al despedirme de ellos, así hablaba, derramando lágrimas:

“Vivid felices vosotros, para quienes ya está echada la suerte; a nosotros nos zarandea de un destino a otro. Está fija para vosotros, ya lograda: ningún mar tenéis que navegar para alcanzar los campos de Ausonia, que siempre se alejan del que los busca. Veis la imagen del Janto y la Troya que hicieron vuestras manos; la deseo mejores auspicios y  que no quede expuesta a la ira de los griegos. Si llego alguna vez al Tíber, a los campos cercanos al Tíber, y llego a ver las murallas prometidas a mi linaje; por estar emparentadas las ciudades desde antiguo y cercanos sus pobladores (ambos tienen como progenitor a Dárdano y han sufrido la misma desgracia), queremos que se haga en el futuro una sola Troya y que ese cuidado permanezca en el ánimo de nuestros nietos”.

Ascendimos por el mar hasta el vecino Ceraunio, desde donde el camino a Italia a través de las ondas es más breve. El sol corrió mientras tanto, y los opacos montes se llenaron de sombra. Nos echamos en el regazo de la deseada tierra junto a las olas, dejando los remos por todas partes, y el sueño se difunde por los cansados miembros. Aún no había recorrido la noche, llevada por las horas, la mitad de su ciclo, cuando Palinuro se levanta del lecho. Explora los vientos y todas sus señales, escudriña el firmamento más allá de las auras y anota el curso de las estrellas en el cielo callado. A  Arturo y a las lluviosas Híades y a los gemelos Triones[13] y a Orión, armado de oro, examina. Una vez que todas están conformes en el cielo sereno, da clara señal desde la popa. Nosotros levantamos el campamento, comenzamos el viaje y extendemos las alas de las velas.

Ya enrojecía la Aurora entre las estrellas que huían, cuando, a lo lejos, vemos colinas poco elevadas y la llana Italia. ¡Italia!, grita Acates el primero. ¡Italia!, con alegre clamor, gritan los demás. Entonces, el padre Anquises se puso una corona y llenó una gran crátera de vino puro y a los dioses  invocó, sujetándola en la alta popa: “Dioses poderosos de la tierra y de las tempestades, hacednos fácil el camino y soplad favorables”. Redoblan las deseadas auras y se muestra el puerto, ya más cercano, y se puede ver en la ciudadela el templo de Minerva. Cargan las velas y vuelven las proas a la costa. El puerto, curvado en arco hacia el oleaje del sudeste, se mantiene oculto tras dos rocas  gemelas que espuman la sal en rociadas: los dos escollos en forma de torre abaten los brazos de mar como una doble muralla; el templo está lejos de la costa.

Aquí vi, primer presagio, una llanura, y cuatro caballos con las crines arregladas, blancos como la nieve, en la amplia pradera. Y el padre Anquises dijo: “Guerra, tierra extranjera, llevas. Los caballos se arman para la guerra; este ganado presagia guerra. Pero también desde antiguo, del mismo modo, los cuadrúpedos domesticados se uncen al carro y llevan concordes los frenos bajo el yugo: esperanza, por tanto, de paz”. Entonces, rogamos a los altos númenes de Palas Armisonante, que recibió la primera a los que gritaban de alegría, y velamos nuestras cabezas ante los altares con el amito frigio y, siguiendo los importantísimas advertencias que había dado Héleno, rendimos los honores ordenados por el ritual a la argiva Juno. Concluidos los votos en el orden debido, sin tardanza , volvimos hacia el lado opuesto los extremos de las enveladas antenas y dejamos los odiosos campos y las casas de los griegos. Vimos desde allí el golfo de Tarento, de Hércules (si es verdad lo que se dice). Enfrente se levanta la diosa Lacinia y los promontorios de Caulón y Escilaceo[14] de los náufragos. Un poco más lejos, desde el mar de Trinacria[15], se siente el Etna; oímos el hondo gemido del piélago, las voces de las olas que se rompen sin tregua contra las azotadas rocas del litoral, donde se levantan los fondos y se mezclan las arenas en remolino. El padre Anquises dijo: “Sin duda aquí está aquella Caribdis, aquellos acantilados, aquellas piedras horrendas que vaticinaba Héleno. Alejaos, compañeros y empuñad los remos”. En cuanto lo manda lo hacen, y el primero que vuelve la proa a las olas de la izquierda es Palinuro. Mientras toda la escuadra viraba a la vez hacia la izquierda, fuimos elevados al cielo por un encrespado remolino y por él mismo, al bajar la onda, llegamos hasta los profundos Manes. Tres veces los acantilados dieron su clamor bajo las cóncavas rocas y por tres veces vimos la espuma expulsada rociando las estrellas. Mientras tanto, ya cansados, nos dejó el viento y también el sol. Desconocedores del camino, nos deslizamos hasta la costa de los Ciclopes. El puerto está protegido de la acometida de los vientos y es muy grande, pero al lado truena el Etna con sus horrísonos derrumbes. De vez en cuando lanza al aire una nube negra en torbellino, humeando de pez y de ceniza candente, arroja también llamas tan altas que lamen las estrellas o echa piedras de cuando en cuando, eructando las vísceras arrancadas al monte; acumula rocas líquidas bajo la niebla y hierve hasta los cimientos. Se dice que el cuerpo de Encéfalo[16], quemado por el rayo, fue empujado a esta mole y que al Etna, colocado sobre él, le sopla enorme llama por las chimeneas abiertas; y cada vez que, cansándose, cambia de lado, resuena toda Trinacria con el estruendo, y el humo llega hasta el cielo.

Aquella noche, cobijados en la selva, sufrimos el increíble prodigio, pero no vimos la causa del sonido porque no estaban en el cielo los fuegos de los astros ni brillaba el firmamento con el cielo estrellado, sólo las nubes en el oscuro cielo; y la espesa tiniebla de la noche sujetaba a la Luna tras el nublado.

Ya el principio del día surgía por oriente y la Aurora apartaba la sombra del cielo, cuando, de repente, salió de los bosques la imprevista figura de un hombre desconocido. Extremadamente delgada y débil, digna de compasión por su atuendo, extendió hacia la costa las manos como suplicante. Nos volvimos a mirarle: barba salvaje y extrema miseria, cosido con espinas el vestido; por lo demás, era griego, de los enviados en otro tiempo para hacer la guerra a Troya. Cuando vio él de lejos los ropajes dardanios y las armas troyanas, algo asustado por lo que veía, se quedó quieto y contuvo la marcha. A continuación, señalando con la cabeza hacia la costa, con llanto y súplicas dijo: “Por las estrellas, por los dioses, por la luz aérea de este cielo, llevadme, teucros. Conducidme a cualesquiera tierras, eso será suficiente. Confieso que soy uno de los que en las escuadras de los Dánaos llevé la guerra a los penates de Ilión; por lo cual, si tan grande es la gravedad de mi crimen, arrojadme al vasto oleaje, sumergidme en el ponto. Si tengo que perecer, prefiero morir a manos de hombres”. Había dicho y, abrazándose a nuestras rodillas, de rodillas estaba clavado. Le pedimos que nos dijese quién era, de qué linaje procedía; que declarase adónde le llevara la fortuna finalmente. El mismo padre Anquises, no tardando mucho, da la diestra al joven y confirma su intención con esta prueba manifiesta. Finalmente aquél, perdido el temor, estas cosas dijo: “ Soy de la patria de Ítaca, compañero del funesto Ulises, me llamo Aqueménides. Fui enviado a Troya por mi padre Adamasto, que era pobre, ¡ojalá hubiese sido estable la fortuna! Los compañeros, olvidándose de mí, cuando dejaron temblorosos las crueles fronteras, me dejaron en el inmenso antro del Cíclope. Enorme casa, manchada en su interior de sangre corrompida y de cruentos manjares. Él es tan alto que toca las elevadas estrellas (¡dioses, apartad tal peste de la tierra!), ni agradable a la vista ni cortés en el hablar para nadie, se alimenta con las vísceras de los desgraciados y con la negra sangre. Yo mismo vi cómo, cogiendo con la enorme mano los cuerpos de dos de los nuestros, tumbado boca arriba en medio de la cueva, los rompía contra las piedras, y cómo se empapaban de sangre los umbrales, y cómo crujían entre sus dientes las articulaciones todavía tibias.

Por lo menos no quedó impune, ni sufrió tales excesos Ulises ni se olvidó de lo suyo el de Ítaca en tan gran peligro. Pues cuando, sepultado en vino y harto de comida, se acomodó doblando la cerviz y esparció por la cueva, eructando, enorme, durante el sueño, la sangre y los bocados mezclados con sanguinolento vino; nosotros, invocando a los grandes dioses y sorteando los puestos, formamos un círculo a su alrededor y todos a una, con un agudo dardo la luz de su ojo entenebrecimos. Pues bajo la torva frente estaba cerrado un solo ojo, tan grande como un escudo argólico o, mejor, del tamaño de la lámpara de Febo; y, por fin, vengamos las sombras de nuestros compañeros.

Pero, huid, desgraciados; huid y romped el cabo que os une a la costa; pues os digo que como Polifemo, que guarda en la cueva el ganado lanar y ordeña sus ubres, habitan otros cien innombrables cíclopes junto a estas curvas playas, y van de acá para allá por las altas montañas. Ya han dado su luz tres veces los cuernos de la luna desde que arrastro mi vida por las selvas, en las guaridas abandonadas de las fieras, y atalayo desde una roca a los enormes cíclopes y sus casas, y me estremezco con su voz y el sonido de sus pasos. Víctima infeliz, me dan las ramas bayas y pétreas cerezas silvestres[17], me alimentan las hierbas cuyas raíces arranco.

Atalayando,vi que se acercaba por primera vez una flota a la costa. A ella me acerqué, fuese la que fuese, con tal de huir de esa monstruosa  raza, ahora quitadme vosotros esta vida con la muerte que queráis”.

Apenas había dicho esto, cuando, en lo alto del monte, vimos al mismo pastor Polifemo que se movía entre sus rebaños con su vasta mole, tratando de llegar a la playa conocida. Monstruo horrendo, gigante deforme, con un ojo cuya luz ha sido arrebatada. Lo guía un pino, cortado por su mano, que confirma sus pasos; va acompañado de las lanígeras ovejas, único placer y alivio de su mal. Después se mete en el agua, sobresaliendo de las olas más altas, y lava la sangre que fluye del ojo arrancado rechinando los dientes con estrépito; avanza hasta el medio del mar y todavía no toca la ola su alto costado. Nosotros, a lo lejos, desde ese momento apresuramos la fuga y, después de recoger, en pago a su servicio, al suplicante, cortamos en silencio el cabo y huimos por el mar echados sobre los remos que rompían la superficie del agua. Lo sintió y torció sus pasos hacia el ruido, pero no podía llegar hasta allí con su mano ni podía alcanzar la velocidad del mar Jonio. Dio una tremenda voz por la que se estremeció el mar y todas las olas, mugió el Etna desde sus hondas cavidades, conmoviendo hasta el fondo la tierra de Italia y corrió la tribu de los cíclopes, saliendo de las selvas desde lo alto del monte y llenaron la playa. Vimos a los hermanos, hijos del Etna, que se encrespaban inútilmente con su ojo amenazador, horrible asamblea; con la parte más alta llegaban a las nubes, como las encinas o los coníferos cipreses de la elevada selva de Júpiter o del bosque de Diana.

El agudo miedo a ser apresados nos hizo tender las escotas hacia cualquier parte, hasta lograr tensar las velas con viento favorable, en contra de lo que indicaban las advertencias de Héleno de que no tome el rumbo hacia Escila y Caribdis, el uno y el otro camino seguro camino seguro de perdición; determinamos entonces dar el trapo hacia atrás, pero saltó el Bóreas por el estrecho del Peloro y somos arrastrados más allá de la desembocadura del Pantagias,[18] tallada en roca viva; más allá del golfo de Mégara[19] y de donde yace Tapso[20]. Aqueménidas, el compañero del siniestro Ulises, señalaba todos estos lugares de la costa, vuelta a ver en nuestro retroceso. En el golfo sicanio hay una isla, en frente del undoso Plemurio[21]; los antiguos le dieron el nombre de Ortigia. Se dice que el río Alfeo llegó hasta aquí desde Élide, abriendo caminos ocultos bajo el mar, el cual ahora en tu orilla, Aretusa[22], se funde con las olas sicilianas. En el lugar debido veneramos a los grandes dioses. Avanzo después hasta la tierra hecha fértil por las aguas estancadas del Heloro[23]. Desde allí costeamos los altos acantilados del Paquino[24], rocas prominentes a las que fue concedido por los hados no ser removidas nunca; aparece Camarina a lo lejos y los campos de Gela y la gran Gela, que recibe su nombre del río[25]; desde allí, a la elevada Agrigento[26], que ostenta la muralla más larga, productora desde antiguo de excelentes caballos; empujado por los vientos, dejo atrás Selinos, rodeada de palmeras, y llego a los vados lilibeos[27], difíciles de navegar a causa de los escollos ocultos. Allí me acoge el puerto de Drépano[28], su triste orilla. Allí, después de haber sufrido tantas tempestades en el mar, ¡ay!, pierdo a mi padre, Anquises, alivio de todos mis cuidados y de mi desgracia. ¡Allí me dejaste sufriendo, padre óptimo, salvado, ay, en vano de tantos peligros! Ni el profeta Héleno, que me avisase de cosas tan horribles, me predijo este dolor; ni la cruel Celeno, este sufrimiento extremo. Este fue el final de tan largos caminos. Desviándome de allí, un dios me trajo a vuestras playas”.

Así el padre Eneas volvía a relatar a los que atentos escuchaban los hados de los dioses y daba cuenta de sus viajes. Calló cuando hubo llegado al final y descansó.

 

 

FIN DE ENEIDA III

 

 



[1] Los dioses de la ciudad

[2] Yasión y Dárdano eran hermanos gemelos.

[3] En el de Aquiles.

[4] En el altar que Pirro había levantado en Delfos para honrar la memoria de Aquiles.

[5] El mar Tirreno

[6] Los lechoncillos representan a las treinta ciudades de la confederación  latina reunidas en torno a Alba Longa

[7] El mar Jónico

[8] De Melibea, ciudad de Tesalia

[9] Manto. Vestidura sacerdotal que todavía usan los sacerdotes católicos.

[10] Hoy Punta del Faro. Extremo noreste de Sicilia.

[11] Estrecho de Mesina

[12] Hoy Capo Passero, extremo sur de Sicilia.

[13] Septem Triones: las siete estrellas del Carro (Osa Mayor). De ahí viene la palabra “septentrión”.

[14] Castelvetere, ciudad de Sicilia cercana a Calabria, y Esquilache: uno frente a otro.

[15] Nombre griego de Sicilia. Se llama así a la isla porque tiene tres puntas: Peloro, Lilibeo y Paquino.

[16] Encéfalo o Tifeo, uno de los gigantes derrotados por Zeus y aprisionado para siempre bajo el Etna.

[17] Corna: “cornizolas”, el fruto del cornejo.

[18] Hoy Porcaro, que desemboca entre rocas.

[19] Hoy Augusta

[20] Pequeña península que cierra por el sur el golfo de Augusta.

[21] Promontorio que cierra por el sudeste el golfo de Siracusa (al sur del de Augusta). Hoy llamado Maddalena.

[22] Fuente situada en el centro de la isla Ortigia. Se creía que manaba el agua del río griego Alfeo.

[23] Hoy  Abisso, desemboca cerca del cabo Paquino.

[24] Punta sudeste de Sicilia. hoy Capo Passero

[25] Río Gelas

[26] Hoy Girgenti. Otra de las grandes ciudades griegas de Sicilia. Tanto ésta como Gela, Camarina y Siracusa, fueron fundadas en tiempos muy posteriores a la guerra de Troya. Anacronismo de Virgilio, que si  bien en otros poetas  sería defecto, en él es gracia; como todo lo que escribe.

[27] Lilibeo: actualmente capo Boeo, es vértice noroeste de Sicilia

[28] Una de las ciudades fundadas por los cartagineses en la costa oeste de Sicilia.