Las rosas de la vida

Soneto para Hélène

Cuando seas muy vieja, por la noche a la lumbre,

sentada junto al fuego hilando y devanando,

al recitar mis versos dirás maravillándote:

Ronsard  me celebró cuando yo aún era hermosa.

No habrá ni una sirvienta que, oyendo tal noticia,

ya medio adormilada por causa del trabajo,

se vuelva, espabilándose al rumor de Ronsard,

exaltando tu nombre con inmortal elogio.

 Yo seré, bajo tierra, un fantasma sin huesos,

 entre los sombríos mirtos encontraré reposo;

tú serás en tu hogar una vieja decrépita,

recordando mi amor y tu fiero desdén.

 Vive ahora, créeme, no esperes a mañana

recoge desde hoy las rosas de la vida.

 

Baile en la corte de Catalina de Medicis