G.B. Tiepolo. El caballo de Troya

ENEIDA II

Todos enmudecieron atentos y cerraron las bocas cuando el padre Eneas así comenzó a hablar desde el alto lecho:

“Me ordenas, reina, renovar un indecible dolor, cómo las riquezas troyanas y el desgraciado reino destruyeron los Dánaos, porque yo mismo vi los sucesos más tristes y formé parte de ellos. ¿Quién, contando estas cosas de los mirmidones o de los dólopes o del áspero guerrero Ulises, contendría las lágrimas? También la oscura noche que se precipita desde el cielo y los astros que caen aconsejan el sueño, pero si tanto deseas conocer nuestras desgracias y oir resumido el supremo dolor de Troya, aunque el ánimo se espante al recordar cada cosa y huya del dolor, comenzaré:

Pasados tantos años, quebrantados por la guerra y rechazados por los hados, los jefes de los dánaos construyen un caballo tan alto como un monte, con el arte divino de Palas, entretejen los costados con tablas de abeto; simulan que es un voto por el feliz regreso, esa fama corre. Meten furtivamente los cuerpos de los hombres elegidos por sorteo hasta el fondo del ciego costado, y rellenan las enormes cavidades del vientre con un ejército armado.

 

A la vista está Ténedos, isla de grandísima fama y abundante en recursos mientras los reinos de Príamo se mantenían, ahora sólo una bahía y un puerto poco seguro para las naves. Marchándose hacia allí, se ocultan en la playa desierta, calculando nosotros que se hubiesen marchado y que se dirigiesen a Micenas aprovechando el viento. Así pues, toda Teucria se libró del largo dolor; se abren las puertas, alegra ir al campamento dórico y ver los puestos abandonados y la playa desierta: aquí, la tropa de los dólopes; aquí el cruel Aquiles plantaba sus tiendas; las flotas en este lugar, sobre esta línea solían combatir. Algunos se quedan atónitos ante el funesto don de la casta Minerva y se admiran de la grandeza del caballo; Timoetes es el primero que exhorta a conducirlo dentro de los muros y a situarlo en la ciudadela; bien por engaño, bien porque así lo habían decretado los hados de Troya. Pero Capys y aquellos que tenían en la mente un consejo mejor mandan echar al mar las insidias de los dánaos y sus sospechosos regalos y encender fuego por debajo, o taladrar las cavidades del vientre y descubrir los escondrijos. El pueblo estaba dividido entre las dos opiniones.

 

Laoconte, furioso, con gran acompañamiento, llegó hasta el lugar dese lo más alto de la ciudadela, y ya de lejos: “Desgraciados, ¿qué gran locura es ésta, ciudadanos? ¿Creéis que los enemigos se hayan ido o que esté libre de engaño cualquier regalo de los dánaos? ¿Así es conocido Ulises? O los aqueos se ocultan metidos en este leño, o bien esta máquina fue construida para nuestros muros, para espiar desde arriba las casas y los movimientos de la ciudad, o bien esconde cualquier otra trampa; no os fiéis del caballo, teucros, sea lo que sea; yo temo a los dánaos también cuando ofrecen regalos”. Después de hablar, lanzó con todas sus fuerzas una enorme lanza hacia el costado, donde el curvo vientre se une con las costillas. Aquélla se mantuvo firme y resonaron las huecas cavidades del vientre sacudido, produciendo un ruido sordo. Y, si los hados de los dioses, si nuestra determinación no hubiese girado a la izquierda, se nos hubiera empujado a destrozar con el hierro los escondrijos argólicos y Troya estaría en pie, y, tú, alta ciudadela de Príamo, permanecerías.

 

He aquí que un grupo de pastores dardánidas llevaban al rey con gran clamor a un joven con las manos atadas a la espalda; el cual, desconocido para los que venían de allá, se había ofrecido para urdir la trama y abrir Troya a los aqueos, confiando en su valor y preparándose para una de estas dos cosas: llevar adelante el engaño o sucumbir de una muerte cierta. La juventud troyana corre de todas partes y rodea al cautivo por el afán de verle y compiten en burlarse de él.

Escucha ahora los engaños de los dánaos y, por el crimen de uno solo, juzga los demás.

 

Pues mientras permaneció turbado e inerme durante el examen, inspeccionó con sus ojos el ejército frigio. “¡Ah!, ¿qué tierra ahora”, dijo, “qué mar podrán recibirme? o ¿qué le queda, mísero de mí, a quien no tiene ya  lugar entre los dánaos, y sobre cuya sangre exigen venganza los irritados dardánidas?” Cambiados los ánimos por este lamento y represado el ímpetu, le exhortamos a que nos dijera de qué familia procedía o qué tramaba; cuál sería su fe después de hecho prisionero.

 

“Sin duda te diré toda la verdad, rey, sea la que sea”, dijo, “y no negaré que procedo de familia argólica. Esto lo primero; no sea que la Fortuna, que forjó un Sinón desgraciado,  le convierta, perversa, vano y mentiroso. No sé si, por casualidad, ha llegado a tus oídos el nombre del belida Palamedes, su ínclita fama y gloria, al cual, los pelasgos, por una falaz delación, por una prueba falsa, condenaron a muerte, siendo inocente, porque vetaba la guerra y ahora, privado de la luz, le lloran. Como yo era pobre, mi padre me envió con él aquí, a la guerra, desde los primero años, como compañero y pariente cercano. Mientras estuvo incólume su poder y era atendido en los consejos de los reyes, también nosotros alguna nombradía y honor conseguimos. Después, por la envidia del pérfido Ulises (hablo de algo no desconocido), se alejó de las orillas superiores (murió). Yo, afligido, arrastraba la vida entre tinieblas y luto, y la desgracia del amigo inocente me indignaba. Pero no callé, loco, sino que me comprometí a vengarlo si la suerte me acompañara y alguna vez volviera victorioso a la patria Argos; moví con mis palabras el áspero odio. De aquí, mi primera caída en desgracia, pues no descansó Ulises de aterrarnos desde entonces con nuevos crímenes ni de esparcir, desde entonces, palabras ambiguas entre la gente ni de buscar, en vano, cómplice, hasta que, con la mediación de Calcante- (...) ¿Pero por qué  rememoro inútilmente estos ingratos asuntos?, ¿por qué me entretengo? Si a todos los aqueos tenéis en la misma clase, basta con lo escuchado; señalad al punto la pena: eso es lo que quiere Itaco (Ulises), y también los atridas os pagarán mucho”.

 

Pero entonces quisimos conocer e indagar los casos, desconocedores de los muchos crímenes y de la astucia pelasga.

Prosiguió temeroso, y con falso corazón dijo: “Muchas veces quisieron los dánaos que Troya fuese dejada y preparar la huída y alejarse, cansados de tan larga guerra. ¡Ojalá lo hubiesen hecho! A menudo les impedía salir al mar el crudo invierno, el Austro aterrorizó a los que intentaban marcharse. Sobre todo cuando, una vez construido este caballo de madera de arce, por todo el cielo resonaron las nubes. Indecisos, enviamos a Eurípilo para que consultase el oráculo de Febo, y nos trajo del santuario estas tristes palabras: “Aplacasteis los vientos con sangre y con una virgen asesinada cuando os acercabais, dánaos, a las costas ilíacas; el regreso ha de ser propiciado con un alma argólica para compensar la sangre vertida”. Cuando llegó esta sentencia a oídos de la gente, se quedaron atónitos los ánimos y un helado temblor corrió hasta el fondo de los huesos, los hados se someten a lo que reclama Apolo. Este Itaco (Ulises) saca al centro, con gran tumulto, al adivino Calcante y le pregunta cuál sea la voluntad de los dioses, y ya muchos, con indirectas, me presagiaban la cruel desgracia o veían, callados, lo que iba a venir. Dos veces cinco días calla aquél y rechaza, precavido, designar por su nombre a alguno para enfrentarlo a la muerte. Finalmente, con dificultad, obligado por las muchas demandas de Itaco, rompió el silencio y, según lo acordado, me destina al ara. Asintieron todos y, porque cada cual temía por sí mismo, toleraron que todo cayese sobre un solo desgraciado. Ya llegaba el nefasto día de que se preparara para mí lo necesario para el sacrificio, los granos salados y las bandas que se ponen alrededor de las sienes. Escapé, lo confieso, de la muerte, y rompí las cadenas y en un limoso lago, durante la noche, invisible entre las ovas, me oculté hasta que largasen las velas, si  las largasen. Ya no tengo ninguna esperanza de ver mi antigua patria, ni a mis dulces hijos, ni a mi añorado padre; aquellos, quizá, los castiguen a causa de mi fuga y vengarán con la muerte de los desgraciados esta culpa. Por eso a ti, por los dioses, por los númenes que saben la verdad, por lo que quede, si hay algo, de pura fe entre los mortales, te suplico que te apiades de tan grandes sufrimientos, y que tu ánimo se compadezca del que padece tales injusticias”.

 

Por estas lágrimas le perdonamos la vida y, además, le compadecimos. El mismo Príamo ordena que libren al hombre de las maneas, en primer lugar, y, después, de las cadenas sus extremidades y con amistosas palabras le habló del siguiente modo:

“Te pido que olvides ya quién eres (serás nuestro) y a los griegos que se han ido, y que me expliques con verdad estas cosas: ¿por qué hicieron un caballo tan descomunal? ¿Quién es el autor? ¿Qué intentan? ¿Qué objeto de culto o qué máquina de guerra es?”. Dijo.  Aquél, instruido en los engaños y en el arte pelasga, elevó las palmas, libres de las cadenas, a las estrellas: “A vosotros, eternos fuegos, y a vuestra voluntad inviolable tomo por testigos”, dijo, “a vosotros, del ara nefanda y de las espadas de las que escapé, y de las vendas del dios que llevé como víctima expiatoria: séame lícito romper los sagrados juramentos de los griegos, séame lícito aborrecer a esos hombres y poner de manifiesto a la luz del día todas las cosas que traman. No me mantendré fiel a esa patria ni a sus leyes. A  condición de que me cumplas las promesas y mantengas la confianza en la salvación de Troya, te diré la verdad y te ofreceré algo grande. Toda la esperanza de los dánaos y su fe, al el comienzo de la guerra, se apoyó siempre en los auxilios de Palas pero, desde que el impío Tidida (Diomedes) y Ulises, el urdidor del sacrilegio, acercándose al sagrado templo, arrancaron el funesto Paladión y,  matando a los guardias de la ciudadela,  se apoderaron de la sagrada imagen y además, con manos llenas de sangre, tocaron, atrevidos, las virginales vendas de la diosa; se puede ver que, desde aquello, perdida la esperanza, marchan hacia atrás, rotas sus fuerzas por la contraria voluntad de la diosa. Tritonia dio muestras de ello con indudables prodigios. Apenas  colocada la imagen en el campamento, ardieron vibrantes llamas que lanzaban sus ojos, un salado sudor le corrió por los miembros y, el tercero, ella misma (admirable decirlo), se apareció en el suelo llevando la rodela y la temible lanza. Calcante profetizó en seguida que debía intentarse la fuga por mar y que no sería posible, en absoluto,  destruir Pérgamo a las armas argólicas, si no volvían a Argos y devolvían la imagen de la diosa y no la llevaran consigo al mar en las cóncavas naves. Ahora preparan los compañeros rápidamente las armas y los dioses, y se dirigen al mar para cruzarlo de nuevo porque huyen a la patria Micenas, tal como profetizara Calcante. Aconsejados por él, construyeron esta imagen por lo del Paladión, en honor de la divinidad ofendida, para que expiase el funesto sacrilegio. Sin embargo,  Calcante mandó que se hiciera de un tamaño enorme con tablones de roble entretejidos, y que se elevase hasta el cielo para que no pudiese entrar por las puertas ni ser conducida dentro de las murallas ni protegiese al pueblo su antiguo poder. Pues si vuestra mano ultrajase los dones de Minerva, sobrevendrá la perdición (que los dioses arrojen la maldición sobre mí mismo el primero)  al imperio de Príamo y a los frigios; pero si, por el contrario, con vuestras manos lo subís a vuestra ciudad, Asia llevará la guerra al otro lado, contra las murallas pelopeas, y estas profecías están reservadas a nuestros nietos”.

Una vez creído el asunto gracias habilidad del Sinón, van a perecer, a causa de tales insidias y atrapados por engaños y fingidas lágrimas, aquéllos a los que no domaron el Tidida ni el lariseo Aquiles ni los diez años ni las mil quillas.

Entonces, otro hecho más desgraciado y, con mucho, más terrible asalta y turba los desprevenidos pechos. Laoconte, elegido por sorteo sacerdote de Neptuno, sacrificaba un toro enorme en el altar. He aquí que, de súbito, desde Ténedos, por el tranquilo mar, se precipitarán dos serpientes de enormes anillos (me estremezco al decirlo) y ambas se dirigirán hacia la costa; cuando levantan sus pechos del mar y sus crines del color de la sangre superan las olas, la otra parte se queda en el ponto y se tuerce en una rosca su inmensa espalda. Resuena el espumeante mar y ya  alcanzaban los campos y con los ojos inyectados de sangre y fuego, lamían con las vibrantes lenguas sus bocas que silbaban. Huimos lívidos ante la visión. Aquéllas se dirigían con marcha decidida hacia los laocóntidas. En primer lugar, cada una de las serpientes envuelve con su abrazo los pequeños cuerpos de los dos hijos. Devoran los pobres miembros de un mordisco. Después, a él mismo, que iba a ponerse debajo para auxiliarlos llevando los dardos, lo levantan y sujetan con sus enormes anillos y ,ya las dos abrazadas por el medio, ya las dos alrededor del cuello, dando las escamosas espaldas, sobrepasan la cabeza con sus cervices levantadas. Aquél intentó aflojar los nudos con sus manos, empapándose las vendas con sangre corrompida y negro veneno, al mismo tiempo que eleva a las estrellas sus gritos estremecedores. El toro, tal como estaba, huyó mugiendo maltrecho con el altar y sacudió de la cerviz el hacha mal clavada. En cuanto a los dos dragones, huyeron  reptando hacia lo alto, llegaron al templo de la cruel Tritónide y se escondieron a los pies de la diosa,  bajo el orbe del escudo. Pero entonces, en los estremecidos corazones de todos penetra un nuevo temor y dicen que Laoconte, que antes hubiera herido en lo más alto la sagrada imagen de roble y le hubiera clavado la impía lanza por la espalda, merecía ser castigado por el crimen. Claman todos que la imagen debe ser transportada hasta las casas y que debe implorarse el favor de la diosa.

 

Practicamos una brecha en los muros y dejamos abierta la fortificación de la ciudad. Se ciñeron todos para el trabajo y colocaron ruedas bajo los pies para que se deslizase y la arrastraban del cuello con sogas de estopa. Escaló la máquina fatal preñada de armas los muros. Los niños alrededor, y las virginales niñas, cantaron himnos sagrados: se regocijaban de tocar con la mano su funeral. Subió aquélla y se deslizó hasta el centro de la ciudad.

¡Oh, patria! ¡Oh, casa de los dioses de Ilión y murallas de los dardánidas, gloriosas en la guerra! Cuatro veces en el mismo umbral de la puerta se atascó y las armas sonaron cuatro veces; sin embargo, insistimos con furia, desmemoriados y ciegos, y colocamos el siniestro prodigio en la sagrada ciudadela. Entonces Casandra, a pesar de no ser creída nunca por los teucros a causa del mandato del dios, abre la boca sobre los hados futuros. Nosotros, míseros, por la ciudad, adornamos con guirnaldas de fiesta los santuarios de los dioses, para los que había llegado el último día. Se dio la vuelta, mientras tanto, el cielo y corrió la noche desde el Océano, envolviendo con su enorme sombra la tierra, el polo y el engaño de los mirmidones. Los teucros, diseminados por la muralla, se apaciguaron y el sueño envolvió sus cansados miembros. Ya la falange argiva, oculta gracias a la favorable luna nueva,  volvía desde Ténedos con las naves en formación, alcanzando la costa convenida. En cuanto la nave real levantó el farol, Sinón, protegido por los inicuos hados de los dioses, abrió furtivamente la cerradura de pino a los dánaos encerrados en el vientre. El caballo abierto los devolvió al aire libre, y salieron alegres del cóncavo roble Tesandro y Esténelo, los jefes,  y el siniestro Ulises, deslizándose por una soga colgada arriba; Acamante y Toante y el pelida Neoptolemo, el principal, y Macaón y Menelao, y el mismo fabricante del engaño, Epeo. Invadieron la ciudad sepultada en sueño y en vino, mataron a los guardias y, una vez abiertas todas las puertas, recibieron a sus compañeros y se unieron al ejército cómplice. Era la hora en que comienza el primer sueño de los hombres y serpentea, gratísimo, como un regalo de los dioses.

En sueños, he aquí al tristísimo Héctor ante mis ojos, que se deshacen en ríos de lágrimas viéndolo tal como estaba cuando fue arrastrado por el carro, negro de polvo y sangre y con los tumefactos pies atados a las riendas. ¡Ay de mí, cómo estaba! ¡Qué distinto de aquel Héctor que volvió vistiendo las armas de Aquiles o lanzando antorchas frigias a las popas de los dánaos! Con la barba sucia, la cabellera apelmazada por la sangre y aquellas heridas que recibió en abundancia alrededor de los muros patrios. Me veía más allá a mí mismo que, llorando, apostrofaba al hombre y profería estas tristes palabras: “¡Oh, luz de los dánaos, esperanza certísima de los teucros! ¡Qué obstáculos te hicieron tardar tanto? Espera, Héctor, ¿desde qué orillas vienes? ¡Cuán cansados te vemos, por fin, después de los muchos funerales de los tuyos, después de las diversas fatigas de los hombres y de la ciudad! ¿Qué indigna causa afeó tu sereno rostro? ¿Por qué veo esas heridas?” Aquél, nada, no se detuvo a contestar lo que yo le preguntaba, pero exhalando un grave gemido desde lo hondo del pecho, “¡ay, huye, hijo de diosa!”, dijo, “¡sálvate de estas llamas! El enemigo tiene los muros, Troya se derrumba desde lo más alto. Ha sido dado ya lo suficiente a la patria y a Príamo. Si Pérgamo hubiese podido ser defendida por hombres, ya hubiera sido defendida. La sagrada Troya te encomienda sus penates, cógelos. Vas en compañía de los hados. Después de que cruces el mar, levantarás una gran muralla que los proteja”. Así habló, y trajo con sus manos las vendas sagradas, a la poderosa Vesta y el fuego perpetuo del fondo de los santuarios.

 

Entre tanto, diversas calamidades se producían en la muralla. Aunque la casa del padre Anquises estaba lejos y oculta por los árboles, se hicieron claros los ruidos de las armas y sobrevino el horror. Sacudí el sueño, me encaramé a las vigas más altas del tejado y me detuve con oídos atentos como el pastor que observa seguro, desde lo alto de una peña, cómo se propaga por el campo el incendio atizado por los enfurecidos austros o cómo el rápido torrente, precipitándose desde su nacedero en la montañas, cubre los campos, anega los feraces sembrados, y arrasa los bosques, después de arruinar los trabajos de los bueyes.

Entonces sufrieron las trampas de los dánaos, y fue patente lo que valía su palabra. Ya la ilustre casa de Deifobo, por Vulcano que la dominaba, cae en ruinas. Al lado arde Ucalegonte, relucen las profundas aguas sigeas por el fuego. Estalla el clamor de los hombres y el sonar de las tubas. Cojo enloquecido las armas. Aunque no haya razón suficiente ya para las armas, arden los ánimos por reunir tropas para el combate y por marchar a la ciudadela con los compañeros; el furor y la ira arrebatan la mente y parece hermoso morir luchando.

 

He aquí a Panto, el Otrida, que escapa de los dardos de los aqueos, sacerdote del templo de Febo, trae en sus propias manos  los objetos sagrados, a los dioses vencidos y a su pequeño nieto. Demente, dirige sus pasos hacia las puertas. “¿En qué lugar está lo más importante, Panto? ¿Qué parte de la ciudadela ocupamos?” Apenas dije esto, cuando tales cosas replicó sollozando:"Llegó el supremo día y el tiempo inevitable de Dardania. Pasamos los troyanos, pasó Ilión y la inmensa gloria de los teucros. El fiero Júpiter todo lo trasladó a Argos, los dánaos dominan la ciudad incendiada. El caballo que está en lo alto, en medio de las murallas, vomita hombres armados y Sinón, victorioso, burlándose, atiza los incendios. Otros entran por las puertas abiertas de par en par, tantos miles como nunca vinieran de Micenas; otros bloquean la parte estrecha de las calles con las lanzas en ristre; permanece la línea apretada, erizada de hierro, con las espadas brillando, preparada para la matanza. A duras penas, los primeros guardias de las puertas intentan el combate y resisten al ciego Marte”. Por tales palabras del Otrida y por la voluntad de los dioses fui llevado a las llamas y al combate, allí donde la triste Erinia, allí adonde  llama su clamor, que suena con estrépito y se eleva hasta el cielo. Se me juntaron compañeros: Ripeo y Epito, superior en las armas; Hypaneo y Dimante, que  llegaron a nuestro lado, favorecidos por la luna,  y también el joven Corebo, hijo de Mygdón,  - durante aquellos días, casualmente, había llegado a Troya, encendido de un loco amor por Casandra  y ayudaba a los frigios y a Príamo como futuro yerno-. ¡Infeliz, que no escuchó los avisos de su inspirada esposa!

 

Vi que los allí reunidos ardían por ir al combate y comienzo a hablarles, dando así furor a los ánimos de los jóvenes: “Jóvenes, fortísimos pechos desanimados, si en vosotros está el deseo de seguir decididos  al que se atreve a lo más peligroso, veréis cuál será el curso de las cosas. Los dioses que protegían este reino se han marchado, abandonando sus templos y sus altares; socorréis a una ciudad incendiada. Muramos y corramos al centro del combate. La única salvación para los vencidos es no esperar salvación”. Desde allí, como los lobos ladrones a los que el incontenible furor del vientre hace salir ciegos a la oscura niebla, dejando a sus cachorros que los esperan con las fauces secas; así marchamos al centro de la ciudad a través de los dardos, a través de los enemigos. La negra noche nos envuelve en su profunda sombra.

¿Quién la calamidad de aquella noche, quién los funerales puede contar? ¿Cuántas lágrimas pudiesen igualar las desgracias? Se arruinó una antigua ciudad, dominadora durante muchos años. Yacían en gran cantidad los cuerpos inertes en las calles, en las casas y en los venerables umbrales de los dioses. Y no sólo los teucros pagan con su sangre, sino que el valor vuelve al corazón de los vencidos y caen los dánaos vencedores. Allí, el luto cruel; allí, el pavor y la multiforme imagen de la muerte.

 

 

 

El primero del gran tropel de dánaos que se nos presentó fue Androgeo, que, ignorante, creyéndonos formación amiga, desde el otro lado nos llamaba con palabras benévolas:

“¡Apresuraos, hombres! ¿Qué pereza os detuvo hasta tan tarde? Otros tomaron y saquearon Pérgamo después de incendiarla. ¿Venís vosotros ahora por primera vez desde las altas naves?”, dijo, y al punto (pues no se daban respuestas suficientemente fiables) comprendió que había caído en medio de los enemigos. Se quedó atónito, con el pie hacia atrás y sin habla. Como el que aplasta contra el suelo una serpiente escondida entre las ásperas zarzas y retrocede rápido cuando ella se levanta, irguiendo e inflando el cerúleo cuello por la ira; no de otro modo se apartaba Androgeo, estremecido por lo que veía. Corrimos y rodeamos en formación cerrada a muchos que desconocían el lugar y, presos de terror, los matamos. La Fortuna dio su soplo favorable a este primer trabajo. Allí, exultante el ánimo por lo sucedido, dijo Corebo: “Compañeros, esta primera suerte se muestra favorable. La seguiremos. Seguiremos el camino de la salvación: reemplazaremos nuestros escudos y emblemas y nos pondremos los de los dánaos. Engaño o valor, ¿quién nos pedirá cuentas por el enemigo? Ellos nos proporcionarán las armas”. Después de hablar así, se coloca el casco empenachado de Androgeo  junto con el escudo marcado con sus proezas y se ciñe al costado la espada de los argivos. Esto mismo hizo Ripeo; esto, el propio Dimante y toda la alegre juventud: cada uno se arma con los despojos  recién ganados. Marchamos así, bajo protección ajena, mezclándonos con los dánaos y, encontrándonos con ellos a lo largo de la ciega noche, trabamos muchos combates y enviamos a muchos de los dánaos al Orco. Huyen unos a las naves y dirigen a la segura playa su carrera; otros, presos de terror, trepan otra vez al ingente caballo y se ocultan en el conocido vientre.

 

¡Ay, en nada le es permitido a nadie tener seguridad con los dioses en contra! He aquí que Casandra, la joven Priamida, era arrastrada, con los cabellos al aire, desde el templo, desde el santuario de Minerva, tendiendo en vano las ardientes luces de sus ojos al cielo; los ojos, pues las tiernas manos estaban sujetas con cadenas. No toleró esta visión la enfurecida mente de Corebo y se arrojó en medio de las tropas para perecer. Todos le seguimos y corrimos en formación cerrada. Al principio, desde lo alto del templo, fuimos abrumados por los dardos de los nuestros y se produjo una terrible matanza, se confundieron por el aspecto de las armas griegas. Entonces, los dánaos cargan todos juntos, gritando de ira por haberles arrebatado a la muchacha, el crudelísimo Ayax y los dos Atridas y todo el ejército de los Dólopes, como cuando en la tormenta que rompe luchan los vientos contrarios; el Céfiro y el Noto, y el alegre Euro sobre los caballos de la Aurora, y  resuenan las selvas y el espumeante Nereo agita el mar con el tridente desde el fondo. Aparecen aquellos a los que derrotamos con engaños, a la sombra de la oscura noche, y perseguimos por toda la ciudad; nos reconocen, primero por el escudo y las falsas lanzas, y, después,  por el sonido distinto de las palabras. Fuimos aplastados por el número. El primero que sucumbió fue Corebo, a manos de Penéleo, junto al ara de la diosa, potente en las armas; cayó también Ripeo, que fue justísimo entre los teucros, y observantísimo de la equidad (otra era la visión de los dioses); perecieron Hypaneo y Dimante, atravesados por los enemigos;  y tampoco te protegió a ti, Panto, tu mucha piedad ni que llevaras las ínfulas de Apolo. Os tomo por testigos, cenizas de Ilión y últimas llamas de los míos, de no haber evitado ni las armas ni otros peligros en vuestra caída, y de que yo hubiese perecido a manos de los dánaos, si esos hubiesen sido los hados. Escapamos al punto, llamados por el clamor, a la casa de Príamo, Ifito y Pelías conmigo (Ifito estaba pesado por la edad y Pelías iba lento por una herida de Ulises). Aquí, un combate tan ingente como si no hubiese más que éste, como si no muriese nadie más en la ciudad; vimos así al salvaje Marte y a los dánaos que trepaban a los tejados, una vez bloqueada la puerta con la maniobra de la tortuga. Se adhieren las escalas a las paredes y, bajo las mismas jambas, suben por las gradas, y sostienen los escudos a la izquierda, para protegerse de los dardos, y alcanzan el tejado con la derecha. Por su parte, los dardánidas arrancan las torres y todos los remates altos de los edificios; se los lanzan,  puesto que ya ven el fin, y se preparan para defenderse de la extrema muerte con tales armas arrojadizas: las doradas vigas y los altos ornamentos de los antiguos antepasados. Otros, tomando las armas, ocupan las puertas interiores y las guardan en densa formación. Se renovó en nuestro ánimo el deseo de socorrer con nuestra ayuda las mansiones reales, animar a los hombres y dar fuerza a los vencidos.

 

Había una puerta secreta que comunicaba entre sí las partes altas de la mansión de Príamo, solía pasar por ella Andrómaca sola, infeliz, cuando los reinos se mantenían, para reunirse con sus suegros y llevar al pequeño Astyanacte a su abuelo.

Llego a lo más alto de los tejados, desde donde arrojan inoperantes dardos los desgraciados teucros. Subimos a un torreón desde donde se ve toda Troya y que, sobrepasando los tejados más altos, se eleva bajo las estrellas: allí estaban las consabidas naves de los dánaos y el campamento aqueo. Tanteando con el hierro qué vigas tenían los bordes sueltos, la arrancamos de su alto emplazamiento y empujamos el torreón hacia abajo; una vez lanzado, en un momento, con estrépito, llevó consigo el desastre, y cayó de lleno sobre la columna de los dánaos;  pero otros los reemplazan y no cesan, mientras tanto, las piedras ni cualquier género de arma arrojadiza.

 

 

Hacia la puerta, hasta el mismo umbral, salta el primero, entre los dardos, Pirro, con la armadura resplandeciente por la luz,  tal como el reptil al que el invierno mantenía oculto bajo la tierra helada alimentándose de malas hierbas, ahora reanimado por el calor, mudados los vestidos, nuevo y exultante de juventud, alzándose orgulloso al sol, enrosca su dorso y hace centellear en su boca la triple lengua. El ingente Perifas y Automedonte, escudero y auriga del carro de Aquiles, y toda la juventud esciria llegan y todos a la vez arrojan llamas al alto techo. Él mismo, entre los primeros, una vez alcanzadas las firmes puertas, las quebranta con el hacha de doble filo y arranca del gozne las broncíneas jambas. Ya quitada la viga, taladró el duro roble y abrió un enorme agujero de ancha boca. Aparece entonces el interior de la casa y se descubren los amplios atrios; aparecen los santuarios de los reyes antepasados de Príamo y ven a los hombres armados en el primer umbral. El interior de la casa se une al tumulto con un gemido lastimero, las huecas estancias resuenan hasta lo más hondo con los lamentos de las mujeres; el clamor llega a los astros de oro. Mientras, las aterrorizadas madres vagan por las enormes habitaciones, abrazan las jambas y las besan. Pero Pirro empuja con la violencia de su padre. Ni los cerrojos ni los mismos guardias pueden detenerle. Cede la puerta a los golpes del ariete y saltan las jambas removidas del gozne. Se abre una vía por la fuerza; irrumpen los despiadados dánaos y matan a los primeros de la entrada  y sus tropas llenan completamente el lugar. No de otra manera que cuando el espumeante arroyo, rotos los diques, sale de su cauce y se arrastra hacia los sembrados, fuera de sí, y arrastra por todo el campo al ganado junto con los establos. Así, yo mismo vi en el umbral a Neoptolemo, ensañándose en la  matanza junto a los dos Atridas; vi a Hécuba y a sus cien nueras y a Príamo, ensuciando con sangre los altares que él mismo había consagrado con fuego. Aquellos cincuenta tálamos, esperanza de tantos nietos, y las soberbias jambas, recubiertas de bárbaro oro, procedente del botín, sucumbieron. Se apoderaron los dánaos de lo que dejó el fuego.

 

 

Tal vez te preguntes también cuál sería el destino de Príamo. Al ver  la desgracia de la ciudad tomada y destruida, las puertas y las casas,  y al enemigo en medio de las aposentos interiores, viste el anciano sus miembros, que tiemblan por la edad, con las armas no usadas durante largo tiempo; en vano se ciñe los hombros con el inútil hierro y se dirige, para morir, hacia los numerosos enemigos.

En medio del palacio, al aire libre, hubo un altar, y, cerca, un ingente y viejísimo laurel que crecía hacia el ara, abrazando con su sombra los penates. Hécuba y los niños permanecían allí, alrededor del altar, apretando y abrazando en vano las imágenes de los dioses, como palomas que se precipitan a la negra tempestad. Cuando vio a Príamo vistiendo las armas de su juventud, le dijo: “¿Qué siniestro propósito te forzó, infeliz, a ceñirte las armas? ¿Adónde corres? No tiene necesidad esta hora de tal socorro ni de estos defensores; no, ni aunque mi Héctor llegase ahora mismo. Admite, por fin, que el altar será incendiado y que tú mismo serás muerto”. Hablando de este modo, lo atrajo hacia sí y colocó al anciano en el sagrado lugar.

Pero, he aquí que Polites, uno de los nietos de Príamo, escapando de la matanza de Pirro, huye por entre los dardos y los enemigos y da vueltas, despavorido, alrededor del atrio vacío. Lo sigue Pirro, enfurecido por una herida enemiga, y ya lo tiene a mano y le clava la lanza. Aunque logró llegar al lugar donde estaban sus parientes, se derrumbó ante sus ojos y entre la mucha sangre dejó salir la vida. En esto, Príamo, a pesar de que ya se tenía por medio muerto, no se mantiene al margen ni deja el tono violento: “En cuanto a ti, por este asesinato” –exclama- “por tales demasías, los dioses, si hay en el cielo piedad que entienda en tales asuntos, te concedan dignas gracias y te devuelvan la recompensa debida, porque hiciste que estos hijos vieran la muerte en mi presencia y con su muerte profanaste los rostros de los dioses patrios. Pues aquel Aquiles, del cual finges haber nacido, no fue tal enemigo para Príamo, sino que, ante las súplicas, respetó la fe y el juramento, y me tomó el exangüe cuerpo de Héctor, y lo devolvió a mí para que lo sepultara en mi reino”. Después de hablar así, lanzó el anciano un inútil dardo, sin fruto, derechamente rechazado por el cavernoso bronce, que quedó colgando inútilmente en el centro del escudo.

Pirro le replicó: “Irás, pues, como mensajero, a mi padre, el Pelida, y le contarás esto. Acuérdate de hablarle de mis lamentables acciones y del degenerado Neoptolemo, pues ahora morirás”. El que esto decía empujó hasta los mismos altares al que se estremecía de miedo y resbalaba en la sangre del niño; lo enganchó de los cabellos con la izquierda y, blandiendo la espada con la derecha, la hundió en el costado hasta la empuñadura.

Este fue el fin de Príamo, decretado por el hado, este desenlace le cayó en suerte: que viera a Troya incendiada y a Pérgamo caída aquél, en otro tiempo soberano de tantos pueblos y tierras de Asia. Yace el enorme cuerpo mutilado en la playa, con la cabeza arrancada de los hombros, sin nombre.

Entonces, por primera vez, el cruel horror se apoderó de mí. Me quedé pasmado; se me apareció la imagen de mi querido padre, cuando vi al rey que exhalaba la vida por la cruel herida de los aqueos; se me apareció la abandonada Creusa, la casa saqueada y la desgracia del pequeño Iulo. Observo y examino qué tropas hay a mi alrededor: todos se habían ido, lamentablemente, dieron sus cuerpos doloridos y fatigados a la tierra o a las llamas. Yo estaba solo arriba, cuando veo a la Tindárida, que se refugiaba, silenciosa, tras los umbrales de Vesta, en una habitación secreta; los incendios dan clara luz al que camina errante y abundantes ojos al que sufre por tantas causas a la vez. Aquella que temía a los teucros, hostiles por la destrucción de Pérgamo, el castigo de los dánaos y las iras del esposo abandonado - Erinia común a Troya y a su patria-  se sentaba sin ser vista, junto a las aras. El fuego prendió en mi ánimo, se apoderó de mí la furia de vengar a la patria caída y de exigir la pena correspondiente a los crímenes cometidos. “¿Es natural que, incólume, vea Esparta y la patria Micenas? ¿Que entre la reina en triunfo? ¿Que vea a su marido, a sus hijos, la casa de su padre, acompañada por la turba de las troyanas y por los servidores frigios? ¿Que haya muerto Príamo? ¿Que se haya consumido Troya por el fuego? ¿Que haya sudado todo el litoral sangre de los dardanios? No tal. Pues aunque ningún nombre glorioso hay para el castigo de las mujeres, tiene este triunfo su mérito: seré alabado por haber hecho desaparecer a la sacrílega y por haber castigado a quien lo merecía; será útil, además, por haber compensado el ánimo con la venganza y por haber saciado las cenizas de los míos”. tales cosas profería, maquinadas por mi mente enfurecida, cuando se me apareció la nutricia Venus; nunca se había presentado tan clara ante mis ojos; resplandeció en la noche rodeada de luz, mostrándose diosa, tal como es vista por los habitantes del cielo; y, tal como suele, me contuvo, apretando mi mano, y estas palabras salieron de su boca de rosa: “Hijo, ¿qué dolor tan grande despierta tus salvajes iras? ¿Qué te enfurece? ¿Por qué se alejó de ti la preocupación por lo nuestro? ¿No mirarás primero dónde dejaste al padre Anquises, consumido por la edad, o si sobreviven tu esposa Creusa y el niño Ascanio? A todos ellos rodean las tropas griegas y, si mi protección no lo impidiera, ya los hubieran alcanzado las llamas y los hubiera atravesado la espada del enemigo.

No es enemiga la Tindárida laconia ni es culpable Paris; la inclemencia de los dioses, de los dioses, destruye las riquezas y derriba Troya desde lo alto. Mira (puesto que arrancaré toda la húmeda nube que, interponiéndose, embota la mirada mortal y te tiene nublada la visión; no temas hacer lo debido a los padres ni excuses obedecer los preceptos) aquí, donde ves separadas las moles de piedra y las rocas arrancadas y el humo polvoriento que se levanta, Neptuno, con un fuerte movimiento del tridente, hizo temblar las bases de los muros y destruyó toda la ciudad desde sus cimientos. Allí, la crudelísima Juno está la primera en las puertas Esceas con el hierro ceñido y, furibunda, incita a venir al ejército de los aliados desde las naves.

Mira ahora hacia lo alto de la ciudadela, la Tritonia Palas se sienta en una nube, refulgiendo, con la horrenda Gorgona. El mismo padre da ánimos y nuevas fuerzas a los dánaos y anima a los dioses contra las armas dardanias. Libérate, hijo, y da, con la fuga, fin a tus trabajos; en ningún momento te dejaré y te asistiré en todo hasta el umbral de la casa de tu padre”. Había hablado y luego se escondió en las sombras de la espesa noche. Se me aparecen entonces los rostros de las furias y los terribles designios de los dioses enemigos de Troya. Entonces volví a considerar detenidamente toda la visión de Ilión en llamas y a  la Neptunia Troya como parecida al olmo viejo en la cima de los montes que  tratan de arrancar, a porfía, los campesinos, cortándolo con el hierro, con numerosos golpes de sus hachas de doble faz, y que, estremeciéndose, yergue su follaje amenazando ruina, hasta que cede, abatiéndose desde lo alto y,  vencido lentamente por las heridas, exhala el último gemido y es arrastrado por la yunta después de arrancado.

Bajo y, gracias a la diosa que me protege, paso entre los enemigos: los dardos me hacen hueco y las llamas se retiran. Pero, cuando llegué al umbral de la mansión de mi padre, a la antigua casa; mi padre, a quien tenía intención de llevar el primero a los altos montes, se niega a seguir su vida separado de Troya y a sufrir el exilio. “¡Oh, vosotros!, a quienes queda íntegro el vigor de la edad”, dijo, “varones que mantienen su fuerza completa, emprended vosotros la fuga. Si los dioses hubieran querido llevarme a la vida, me hubiesen conservado esta casa. Es suficiente para mí ver una sola vez arrasada la ciudad y sobrevivir a su conquista. Así, así, alejaos después de despediros, abandonando mi cuerpo; iré por mi mano hacia la muerte, seré objeto de lástima y el enemigo tomará mis despojos, después de haber sido dejado en un fácil sepulcro. Demasiado tiempo hace que me demoro, odiado por los dioses e inútil por los años, desde que el padre de los dioses y rey de los hombres me sopló los vientos de fuego y me alcanzó con el rayo”. Recordando tales cosas, permanecía sin moverse; nosotros, por contra, derramando lágrimas, mi esposa Creusa, Ascanio y toda la casa, le decimos que, si no viene con nosotros el padre, pereceremos todos por el hado que nos acosa. Se niega a comenzar el viaje y permanece sentado en el mismo sitio.

Otra vez tomo las armas y busco la muerte, desgraciadísimo. Pues, ¿qué consejo, qué suerte me queda? “¿Esperaste, padre, que mi pie me pudiera llevar, dejándote? ¿Algo tan contrario a la voluntad de los dioses salió de tu paternal boca? Si place a los dioses no dejar nada de tan gran ciudad y está fijo en su ánimo añadir a la Troya que va a perecer a ti y a los tuyos, la puerta estará abierta para esa muerte. Pronto llegará Pirro, bañado en la mucha sangre de Príamo, el que mató al hijo a la vista de su padre y al padre, ante el altar. ¿Por esto era por lo que me salvaste con tu aparición de los dardos y de las llamas, madre,  para que viera al enemigo en medio de mi hogar, y a Ascanio, a mi padre, a Creusa y a los demás inmolados y cubiertos de sangre?  Las armas, hombres, tomad las armas; una última luz llama a los vencidos. Volved conmigo contra los dánaos, permitid que vuelva a iniciarse el combate. Hoy moriremos todos sin ser nunca vengados”. Entonces me ciño otra vez el hierro y, acoplándome el escudo, me lo pongo en la izquierda y salgo fuera de la casa. Pero, he aquí que al llegar al umbral, mi esposa me sujetaba y presentaba al pequeño Iulo a su padre: “Si has decidido perecer, llévanos también contigo; pero si pones, experto, alguna esperanza en tomar las armas, protege primero esta casa. ¿Para quién queda el pequeño Iulo; para quién, el padre; para quién, la que un día llamaste tu esposa?” Profiriendo tales palabras, toda la casa llenaba con su clamor. Entonces, nada más hablar, se produce un admirable prodigio. Pues ante los ojos de los entristecidos padres y tomado de sus manos, he aquí que en lo más alto de la coronilla de Iulo, ven que se enciende un punto de luz y que la llama lame blandamente los cabellos, inofensiva, y que pasa alrededor de las sienes. Nosotros estábamos despavoridos y temiendo que ardiera la cabellera, la sacudíamos y echábamos agua para apagar los sagrados fuegos; pero el padre Anquises, feliz, levantó los ojos a las estrellas y tendió hacia el cielo sus manos, diciendo:”¡Júpiter omnipotente! Si te inclinas ante las súplicas, míranos, y, si merecemos piedad, danos el auxilio suficiente, padre, y confirma estos signos”. Apenas había dicho esto el anciano, cuando un fragor sonó por el lado izquierdo; a través de las sombras, una estrella caída del cielo corrió ante nuestros ojos, luminosa, llevando tras de sí otras muchas. Vimos que titilando, desde lo alto de la casa, se instala, clara, en los bosques del Ida, señalando los caminos, mientras deja un surco luminoso y todos los lugares de alrededor humean azufre. Convencido ya mi padre, se dirige al cielo, invoca a los dioses y adora a la estrella. “Ya, ya, sin demora, la seguiré a donde me lleve; dioses patrios, guardad la casa, guardad a mi nieto. Esta señal es vuestra y bajo vuestra protección queda Troya. Cedo, pues, hijo, y no rechazo ya acompañarte”. Después de que hubiera hablado, se oían ya más claramente las llamas, y la magnitud de los incendios aumentaba, propiciada por el verano. “Pues vamos, querido padre, agárrate a mi cuello y yo te subiré a hombros, no me será penoso este trabajo; o bien moriremos por la misma causa, unidos en el común peligro, o habrá una sola salvación para los dos. Vaya a mi lado el pequeño Iulo y siga mis pasos la esposa, un poco más lejos. Vosotros, criados míos, prestad mucha atención a lo que voy a deciros: saliendo de la ciudad hay un montículo y un antiguo templo de Ceres y, junto a él, un viejo ciprés; esta religión fue observada por nuestros padres durante muchos años. A este lugar llegaremos todos desde distintos puntos de partida. Tú, padre, toma los objetos sagrados y los penates patrios, sería un sacrilegio que yo los tocara, manchado por tanta sangre del combate y la reciente matanza, sin haberme purificado con agua viva”.

 

Dicho esto, bajando el cuello, me visto sobre los anchos hombros una piel de león y me coloco la carga; a la derecha se agarra el pequeño Iulo, que sigue a su padre con pasos desiguales; la esposa se puso detrás. Fuimos conducidos a través de la oscuridad de los lugares y a mí, a quien no conmovían, hace nada, los dardos arrojados por el enemigo enjambre de los griegos, ahora todo lo que oía me aterraba. Cualquier sonido me inquieta, haciéndome temer igualmente por mi compañero y por mi carga. Ya me acercaba a la puerta y me parecía haber franqueado todo el camino, cuando, de repente, llegó a nuestros oídos, antes de haberse presentado a la vista, gran tumulto de pasos, y mi padre, atalayando entre las sombras, “hijo”, exclama, “huye, hijo, se acercan. Veo los ardientes escudos y el bronce que brilla”. Me desvío, no sé qué numen enemigo raptó mi mente confundiéndola, pues, errando el camino, salgo de los senderos de la región conocida, pobre de mí, y pierdo a mi esposa Creusa, arrebatada por el hado. Sin saber qué hacer, recorrí el camino andado y volví a esperar, pero nunca más la volvieron a ver mis ojos. No creí que la hubiera perdido ni pensé tal cosa, hasta que llegamos al montículo donde estaba el antiguo santuario de Ceres: allí se habían reunido todos, sólo una faltó y falló a sus compañeros, a su hijo y a su marido. ¿A quién no acusé, demente, de entre los hombres y los dioses? ¿Qué suceso de la toma de la ciudad fue para mí más cruel? Escondo en un profundo valle a Ascanio, a mi padre Anquises y los penates de los teucros, y se los encomiendo a mis amigos; yo vuelvo a la ciudad y, hasta que todo se resuelva, me ciño las refulgentes armas y vuelvo a recorrer otra vez toda Troya, exponiendo mi cabeza a todos los peligros. En primer lugar intento alcanzar de nuevo los muros, los oscuros umbrales de las puertas por donde había salido antes y, observando las huellas que dejé, las reviso otra vez: entonces el horror se apodera de mí, el mismo silencio aterra. Me dirijo desde allí hacia mi casa, por si, casualmente, hubiera vuelto a ella: la habían tomado los dánaos y la habían arrasado toda. Un fuego voraz se desató y, alcanzando lo más alto del tejado,  estalla la hoguera hasta el cielo. Marcho de nuevo a la ciudad y vuelvo a ver el palacio de Príamo, los pórticos ya vacíos del templo de Juno, donde Fénix y el cruel Ulises, dejados como guardianes, custodiaban el botín. Se juntó aquí todo el tesoro de Troya que había sido arrebatado a las llamas: mesas de los dioses, pesadas cráteras de oro y vestiduras robadas; los niños y las aterrorizadas madres, formando una fila, permanecían alrededor.

Atreviéndome, pese a todo, a gritar a través de las sombras, llené las calles con mi clamor, ya Creusa una y otra vez llamaba desesperado, sin que nadie me respondiera.

Cuando gritaba y corría sin descanso, infeliz, de casa en casa, se me apareció ante los ojos un simulacro, una sombra de la misma Creusa, pero más grande. Me quedé estupefacto, se me erizaron los cabellos y la voz se resistía a salir de mi garganta. Pero entonces ella comenzó a  hablarme y a calmar mis inquietudes con estas palabras: “¿Por qué te complaces en tu loco dolor, dulce esposo? ninguna de estas cosas sucede sin la voluntad de los dioses. No se te permite que lleves a Creusa como compañera, así lo dispuso aquel que reina sobre el alto Olimpo. Después de que surques la superficie del mar durante un largo exilio, llegarás a la tierra de Hesperia, donde el lidio Tíber fluye con mansa corriente entre los feraces campos de los hombres. Allí, felicidad, reino y regia esposa te aguardan. No llores por tu querida Creusa: no veré las casas de los mirmidones ni de los soberbios dólopes, ni tampoco iré a servir a las matronas griegas, siendo como soy del linaje de Dárdano y nuera de Venus; sino que la madre de los dioses me ha asignado estas orillas. Ya me despido. Protege al hijo de nuestro mutuo amor”.

Después de decir esto, a mí, que tanto lloraba y tantas cosas quería decirle, me abandonó y desapareció en la delgada brisa. Por tres veces huyó la imagen cuando intenté rodear con mis brazos su cuello, por tres veces intenté alcanzar con mis manos a la que se desvanecía entre las leves auras igual que un sueño. Cuando terminó, por fin, la noche; volví con mis compañeros.

 

Cuando estuve de vuelta, encontré, admirado de su número, que había afluido una enorme cantidad de gente nueva, mujeres y hombres, toda la juventud reunida para el exilio, desgraciado pueblo. Allí habían concurrido, con su valor y sus riquezas, preparados para seguirme por mar a cualesquiera tierras que yo quisiera. Ya surgía, brillante, Lucifer por la cima del Ida, trayendo el día, y los dánaos tenían tomadas todas las puertas de la ciudad. Ninguna esperanza quedaba. Cedí entonces y, cargando con mi padre, subí al monte.

 

Fin del libro II

Bernini. Eneas con Anquises