Afrodita sobre cisne

Volví otra vez allí,

al viejo caserón  de nuestra infancia,

por si encontrara aquello

que había estado buscando tanto tiempo.

Abrí todas las puertas,

tal como me dijiste,

pero no encontré nada:

el maldito fantasma se había ido.

No necesita puertas ni ventanas

para salir volando cuando quiera,

como no tiene huesos…

Tampoco estaba Venus en el bosque de mirtos

ni ardían los pebeteros  en su  pequeño templo

ni pomposas guirnaldas ornaban sus altares.

Veo que ha vuelto a jugármela

y que he caído en sus redes.

¡No tan deprisa, amigo,

ya ajustaremos cuentas otro día!

Juan de Arellano, 1652