Pan y Siringa. Jean Francois de Troy

Égloga VIII.Primera parte. Canta Damón, el pastor desdeñado

Si compiten Damón y Alfesibeo, los pastores,

se olvida de las hierbas la ternera,

embebida en su música.

Los linces con su canto están suspensos

y  se paran los ríos remansando su curso.

El canto de Damón diremos

y el de Alfesibeo.

 

¡Oh, tú!,

ya pases los peñascos del Timavo[1],

o recorras la costa del Ilírico,

¿nunca llegará el día en que pueda cantar tus hazañas?

¿No podré nunca difundir tus versos

 por todo el orbe, únicos,

 dignos del coturno de Sófocles?

Termine para ti

lo que por ti tuvo principio.

Recibe las poesías comenzadas

por seguir tus deseos,

y deja que se enrede,

a la vez que el laurel de la victoria,

rodeando tus sienes,

 esta hiedra.

 

En cuanto huye del cielo la fría sombra

de la noche y ya cae

el rocío, gratísimo al ganado,

sobre la hierba tierna;

apoyándose en un bastón de olivo,

así empezó Damón:

 

D – Nace, Lucífer,

y trae con tu llegada el bello día,

mientras yo, engañado,

me quejo a los dioses

del inicuo amor

de mi esposa Nisa.

Aunque nada adelante, me presento

ante  aquellos testigos, moribundo,

en mi última hora.

 Da comienzo conmigo,

flauta mía,

a los versos menalios.

 Tiene el Ménalo[2] un bosque resonante

con pinos que susurran siempre.

Siempre escucha los cantos amorosos

de los pastores y también de Pan,

el  que a las cañas no dejó  sin arte.

 Da comienzo conmigo,

flauta mía,

a los versos menalios.

 

Nyse se entrega a Mopso,

¿qué no esperaremos los amantes?

Día llegará

en que se ayunten los grifos con las yeguas,

y los tímidos gamos

se vayan a beber junto a los perros.

 

Da comienzo conmigo,

flauta mía,

a los versos menalios.

 

Enciende antorchas nuevas,

Mopso, porque hacia ti

la novia es conducida.

Echa nueces, marido, para ti

deja Véspero el Eta[3].

 

Da comienzo conmigo,

flauta mía,

a los versos menalios.

 

¡Oh, tú, la que de todos te burlabas,

a la que resultaba odiosa mi siringa,

mis hirsutos cabellos,

mis cejas y mi barba,

y creías que los dioses no reparan

en las cosas mortales!

Ahora ya estás casada con un hombre

digno de ti.

 

Da comienzo conmigo,

flauta mía,

a los versos menalios.

 

Te vi con tu madre

cuando eras pequeña

cogiendo manzanas

llenas de rocío

en nuestros cercados,

 yo era vuestro guía .

Estaba ya a punto de cumplir doce años

y podía alcanzar las frágiles ramas.

Te vi y perecí.

¡Qué delirio malo me arrastró consigo!

 

Da comienzo conmigo,

flauta mía,

a los versos menalios.

 

Ahora sé quién es Amor,

aquel niño al que criaron

en duras peñas el Ródope[4] o el Tmaro[5]

o, si no, los remotos garamantes.[6]

No es de nuestra especie

ni lleva nuestra sangre.

 

 

Da comienzo conmigo,

flauta mía,

a los versos menalios.

 

El salvaje amor enseñó a la madre[7]

a ensuciarse las manos con sangre de sus hijos.

También tú cruel, madre, pero,

¿acaso fue la madre más cruel que perverso el niño?

El niño, perverso. Y tú, madre, cruel.

 

Da comienzo conmigo,

flauta mía,

a los versos menalios.

 

Huya ahora el lobo de la oveja,

y del áspero roble

caigan manzanas de oro,

florezcan en el olmo los narcisos ,

rezume la corteza del taray

ámbar espeso.

Compitan en el canto búhos y  cisnes.

Sea Týtiro Orfeo, Orfeo en la selva.

Arión, entre delfines.­

 

Da comienzo conmigo,

flauta mía,

a los versos menalios.

 

Hágase todo mar. ¡Selvas, vivid!

Me lanzaré a las olas de cabeza

desde lo alto del monte.

Del que muere tendrás

este último regalo.

Deja ya, flauta mía, deja ya

los versos menalios-.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Río de la vertiente del Adriático. Discurre por Croacia, Eslovenia e Italia. Desemboca en el golfo de Trieste.

El nacedero del río es confuso, además buena parte de su curso es subterráneo y forma grandes grutas. Virgilio creía que el río surgía por la confluencia de nueve corrientes nacidas en una montaña.

[2] Monte de Arcadia

[3] Monte de Tesalia

[4] Monte de Tracia

[5] Monte del Epiro

[6] Pueblo de Libia

[7] Medea

David Teniers

Égloga VIII. Segunda parte. El pastor Alfesibeo canta las ceremonias que hacen volver al amado ausente.

Esto cantó Damón.

Decid, Piérides[8],

lo que le respondiera Alfesibeo,

pues que no todos lo podemos todo.

 

A – Trae agua y ciñe estos altares

con suaves vendas. Quema incienso macho

y abundantes verbenas,

para que yo, por estos ritos mágicos,

obligue a que se vuelvan razonables

los deseos del esposo.

Sólo quedan los versos.

 

Traedme ya de la ciudad a casa,

versos míos,

traedme a Dafnis.

 

Versos que pueden arrastrar del cielo

la Luna. Son los versos

con los que transformó

Circe a los compañeros

de Ulises. Uno solo

rompe en los prados a la fría culebra.

 

 

Traedme ya de la ciudad a casa,

versos míos,

traedme a Dafnis.

 

 

Primero te rodeo con tres cintas

de diversos colores,

y luego alrededor de los altares

llevo tu imagen.

Con el número impar se alegra la diosa[9].

 

 

Traedme ya de la ciudad a casa,

versos míos,

traedme a Dafnis.

 

Ata los tres colores con tres nudos,

ata fuerte, Amarilis, y di luego:

“Con los lazos de Venus te ato”.

 

 

 

Traedme ya de la ciudad a casa,

versos míos,

traedme a Dafnis.

 

Con idéntico fuego

el barro se endurece y se licua la cera.

Sí, con el mismo fuego.

Así nuestro amor, Dafnis.

Esparce la “mola”[10]. Con brea,

las frágiles ramas del laurel enciende.

Como a mí me abrasó el malvado Dafnis,

así yo en el laurel a Dafnis quemo.

 

Traedme ya de la ciudad a casa,

versos míos,

traedme a Dafnis.

 

Tal sea el amor de Dafnis como el de la ternera,

que, cansada

de buscar al novillo por los campos

y por los altos bosques,

cae resbalando al agua entre las ovas verdes

del río, y no se acuerda

de que ya cae la noche.

Tal amor tenga él

y no sea para mí

motivo de cuidados.

 

 

Traedme ya de la ciudad a casa,

versos míos,

traedme a Dafnis.

 

 

Los adornos que en tiempos

me dejara el malvado,

amadas prendas suyas,

yo ahora a tu propio umbral, Tierra, te envío

para que me devuelvan a Dafnis estas prendas.

 

Traedme ya de la ciudad a casa,

versos míos,

traedme a Dafnis.

 

Estas hierbas del Ponto

y estas pociones mágicas selectas

me las ha dado Meris.

En el Ponto, se crían a montones.

Yo he visto algunas veces cómo Meris

se transformaba en lobo y se escondía en las selvas

y  sacaba las almas del profundo sepulcro

y  las mieses  crecidas cambiaba de lugar.

 

Traedme ya de la ciudad a casa,

versos míos,

traedme a Dafnis.

 

Lleva, Amarilis, las cenizas fuera

y por detrás de tu cabeza luego,

arrójalas al río,

sin volverte a mirarlas.

Acerque yo con ellas

a Dafnis. Pero él poco

se cuida de los dioses

y nada de los versos.

 

 

Traedme ya de la ciudad a casa,

versos míos,

traedme a Dafnis.

 

Pero mira, mientras me paro a traerla, ha encendido

la ceniza por sí sola el altar con trémulas llamas.

¡Sea para bien!

No sé qué pasa con certeza,

Hylax ladra en la puerta.

¿Lo creemos?

¿No es verdad que algunas veces los que aman

creen realidad sus sueños?

 

Cesad, que de la ciudad viene,

cesad ya conjuros,

Dafnis.

 

[8] Las musas, hijas de Zeus. Según dice Hesíodo, las parió Mnemosine, también hija de Zeus, en Pieria (norte de Grecia), y de este lugar les viene el nombre de Piérides.

[9] Diego López, el primero que tradujo la obra de Virgilio a la lengua castellana hacia la mitad del siglo XVII, comentando este verso (numero deus impare gaudet), dice que traduce “deus” por “Prosérpina” porque, en diversos lugares, Virgilio llama a Venus “deo”, en masculino, y lo mismo sucede en este lugar. Por otra parte, Prosérpina es la diosa que se alegra o complace con el impar, porque tiene tres aspectos o epifanías: en el cielo es Luna,  Prosérpina, en el infierno y Diana, en las florestas. Yo, siguiendo la sugerencia de Diego López, he traducido “deus” por “diosa”. Así se comprende el significado de este enigmático verso.

[10] Una mezcla de harina y sal.