Venus y Adonis, Pietro da Cortona

Canto las hazañas y al héroe que, huyendo del hado, llegó el primero desde las costas de Troya a Italia, largamente perseguido en tierra y en alta mar por el poder de los dioses, en especial, por causa del odio implacable de la cruel Juno. También en la guerra sufrió muchas fatigas mientras fundara la ciudad e instalara en el Lacio a los dioses. De él proceden el linaje latino, los padres albanos y también las murallas de la excelsa Roma.

Musa, recuérdame las causas, contra qué numen la injuria o por qué motivo la ofendida reina de los dioses empujó a sufrir tantas peripecias y a emprender tantos trabajos a un hombre tan insigne por su piedad, ¿capaces de tanta ira son los ánimos de los dioses?

Cartago fue una antigua ciudad (colonos tirios la fundaron) frente a Italia y lejos de la tiberina Ostia, poderosa por su riqueza y experimentadísima en las artes de la guerra, a la cual Juno, después de Samos, protegió más que a todas las otras tierras; este reino ya entonces pretende la diosa, si los hados lo permiten, y se esfuerza en tener a sus gentes.

Pero en realidad había oído que surgiría del linaje troyano una descendencia que destruiría las ciudadelas tirias, de allí un pueblo, largamente dominador por su superioridad en la guerra, que habría de llegar para destruir Libia (Cartago), así lo habían hilado las Parcas.

Saturnia, que teme esto y que se acuerda de la antigua guerra, la primera que había llevado a Troya en favor de sus amados argivos: pues aún no habían salido de su ánimo salvaje los sufrimientos que causaban su ira; revive en lo profundo de su alma el juicio de Paris y la ofensa de su belleza despreciada, y el odiado linaje y los honores del raptado Ganímedes. Así que, encendida por todo esto, mantenía, arrojados por todo el mar, lejos del Lacio, a los troyanos, los que se salvaron de los dánaos y del cruel Aquiles; y erraban durante muchos años, obligados por el destino, alrededor de todos los mares. Tan ingente peso era fundar el linaje romano.

Apenas perdida de vista la tierra de Sicilia, hacia alta mar largaban alegres las velas y batían con la proa las espumas de sal, cuando Juno, que conservaba, eterna, bajo su pecho, la herida, estas cosas dijo para sí: “¿Acaso no me prohíben los hados desistir, vencida, del proyecto? ¿No pudo Palas destruir la flota de los argivos y hundirlos en el mar a causa del crimen y las locuras de uno sólo, de Ayax Oileo? Ella misma desde las nubes, armada con el fuego fulminante de Zeus, destrozó los barcos y encrespó el mar con los vientos. A aquél, con el pecho atravesado por las llamas que lanzaba, lo arrebató como en un torbellino y lo clavó en una roca aguda. En cambio yo, que me tengo por reina de los dioses, no sólo hermana sino también esposa de Júpiter, contra un solo pueblo hago guerra desde hace tantos años. ¿Quién habrá que adore el numen de Juno en lo sucesivo o rinda culto, reverente, a sus altares?” Dando vueltas a tales asuntos la diosa en su inflamado corazón, llegó a Eolia, a la patria de las nubes, lugar repleto de furiosos austros. Aquí, en una enorme cueva, el rey Eolo gobierna con autoridad a los vientos que luchan y a las sonoras tempestades y, además, los sujeta en esa cárcel con cadenas. Aquellos braman impotentes con fuerte rugido, alrededor de los cierres del monte. En la parte más alta vive Eolo que, llevando el cetro, calma sus ánimos y atempera sus iras. Si no lo hiciera, sin duda, arrastrarían consigo, veloces, el mar, la tierra y el profundo cielo, y los dispersarían por los aires. Temiendo esto, el padre omnipotente los ocultó en negras cavernas y colocó encima la mole inmensa de los altos montes, y les dio rey que, con fiel alianza, a una orden dada, sujetara o dejara laxas las riendas. A él se dirigió entonces Juno, suplicante, con estas palabras: “Eolo (pues a ti el padre de los dioses y rey de los hombres te concedió levantar y apaciguar las olas con el viento), un pueblo enemigo mío navega por el mar Tirreno, llevando los penates vencidos de Ilión a Italia: da fuerza a los vientos y hunde las sumergidas popas o bien, haz que se separen y esparce sus cuerpos por el mar.

Tengo dos veces siete ninfas de hermoso cuerpo, de las que te daré a Deiopea, de maravillosa belleza, con la que te uniré con vínculo estable en pago de tales favores, para que viva contigo muchos años y te haga padre de hermosos hijos.”

Eolo, por su parte, respondió: “Tu cometido, reina, es considerar atentamente lo que pides, el mío es obedecer las órdenes. Tú me procuras todo lo que hay en este reino y la protección de Júpiter; tú me sientas a la mesa de los dioses y me das poder sobre las nubes y la poderosa tempestad.”

Una vez dicho esto, golpeó por un lado el monte hueco y se dio la vuelta la cima: y entonces los vientos, como en formación cerrada, se lanzaron violentamente desde sus profundas sedes por la salida abierta y en forma de huracán se esparcieron por las tierras y se abatieron sobre el mar: corrían el Euro, el Noto y el Ábrego, preñado de tempestades, y enviaron enormes olas a las costas. Vino a continuación el clamor y el estridor rugiente de los hombres. Súbitamente, las nubes arrancaron el cielo y el día de los ojos de los teucros, se acuesta sobre el mar la negra noche. Retumbaron los cielos mientras el éter brillaba con continuos rayos, y todo auguraba a los hombres una muerte cercana. En ese momento gimió Eneas, con los miembros descoyuntados por el frío, y, levantando ambas manos hacia las estrellas, tales cosas dijo en voz alta: “¡Oh, tres y cuatro veces felices aquellos a quienes les fue dado morir ante los ojos de sus antepasados, bajo las excelsas murallas de Troya¡ ¡Oh, fortísimo Tidida, del linaje de los dánaos¡ ¡Que no me fuera dado a mí sucumbir en los campos de Ilión, que no pudiese tu diestra arrancar esta alma allí donde yace muerto el valiente Héctor por la espada del Eácida, donde el gigantesco Sarpedón; donde el Simois revolvió bajo sus ondas los escudos arrancados, los cascos y los fuertes cuerpos de los hombres¡”

Cuando tales cosas gritaba al Aquilón que se le venía encima, la tormenta cargó contra la nave y una ola la elevó a las estrellas. Se rompieron los remos y entonces la proa se volvió y el costado va a dar en las olas: enseguida, una montaña de agua entrando en montón. Cuelgan éstos en lo más alto de la ola que, al abrirse,  les descubre la tierra entre el torbellino de agua que hierve de arena. A tres, arrastrándolas, las lleva el Noto hacia las rocas ocultas (los ítalos llaman Aras a estos escollos en medio de las olas, cuyo dorso permanece en lo profundo del mar); a otras tres el Euro, rápidamente, desde lo alto, las empuja hacia las Sirtes (lastimoso es verlo), la hace chocar contra los bajíos y la encalla en la arena.

A una, la que transportaba a los licios y al fiel Orontes, ante sus propios ojos, la golpeó por la popa un enorme golpe de mar: el comandante es lanzado boca abajo y rueda hasta la proa; más aún, una tercera ola, allí mismo, la retuerce en círculo y el rápido remolino la sepulta en el mar.

Aparecen unos pocos que nadan en el enorme abismo. Las armas de los hombres, los registros y el tesoro de Troya por las ondas.

Ya vence la tempestad a la fuerte nave de Ilioneo, ya a la del fuerte Acates, en la que son conducidos también Abantes y el anciano Aletes, con las cuadernas de los costados desencajadas, todos están reventados de cansancio y reciben a la nefasta tormenta por las vías de agua abiertas.

En esto, Neptuno comprendió por el vasto murmullo que la tempestad estallaba, que el mar se revolvía, volviendo a fluir el agua estancada en los más profundos abismos. Gravemente conmovido, saca la plácida cabeza por encima de la ola más alta. Ve la flota de Eneas dispersa por todo el mar, a los troyanos oprimidos por las olas y por la maldición del cielo. No se ocultaban al hermano los engaños y enojos de Juno. Llamó a Euro y a Noto y luego dijo: “¿Tanta osadía se apodera de vuestra especie? ¿Os atrevéis a mezclar, sin mi permiso, el cielo y la tierra y a destruir tan fuertes barreras? ¡Yo a estos…! Pero urge recomponer los movimientos del oleaje. Me pagaréis después, con una pena sin igual,  vuestras fechorías. Apresurad la fuga y decid esto a vuestro rey: no le fue dado a él el mando sobre el piélago ni el terrible tridente, sino que fue a mí a quien cayó en suerte. Domina él las tremendas rocas, vuestras casas, Euro; en aquellos palacios viva Eolo y reine en la cárcel cerrada de los vientos.” Así habló y con una palabra aplacó el crecido mar. Puso en fuga a las nubes que se recogieron y volvió a sacar el sol. Cimotoe y al mismo tiempo el esforzado Tritón separaron las naves del agudo escollo, la eleva él mismo con el tridente y descubre las vastas Sirtes y templa el mar y además, con las leves ruedas, recorre la superficie de las olas.

Pues bien, como surge a veces la sedición entre la masa del pueblo, y se enfurecen los ánimos del innoble vulgo, y ya las antorchas y las piedras vuelan, pues el furor suministra las armas; si ven acaso entonces a un hombre cargado de piedad y de méritos, callan, y con oídos atentos escuchan: aquél dirige los ánimos con sus palabras y ablanda los pechos; del mismo modo, cae el fragor de todo el piélago  y la superficie se amansa cuando ve al padre salir bajo el cielo sereno, que, volando en el propicio carro, afloja las riendas.

Como los eneadas estaban fatigados, pusieron rumbo rápidamente al litoral más próximo y llegaron a las costas de Libia. El lugar está muy retirado, se trata de una isla que forma puerto por medio de una barrera de acantilados contra los que se rompen todas las olas que vienen de alta mar y  se reparte la onda en estanques separados. A un lado y a otro, vastas paredes de piedra y dos rocas gemela que taladran el cielo, bajo cuya alta cima todo el mar calla. Más arriba, un lugar oscuro resalta entre las selvas brillantes: un negro bosque erizado de sombra. Enfrente, bajo el lado opuesto, entre los acantilados, una cueva, morada de las ninfas, en cuyo interior hay aguas dulces y bancos de piedra viva. Ninguna atadura sujeta allí a las cansadas naves, no las fija el ancla con su corvo mordisco. Aquí se puso a cubierto Eneas con las siete naves que quedaban. Por el gran deseo de tierra, los troyanos, después de desembarcar, se adueñaron de la ansiada arena, y tendieron sus cuerpos empapados de sal en la orilla.

El primero que sacó una centella del sílex fue Acates, prendió el fuego con hojas y lo alimentó con ramas secas de alrededor y surgió del cebo la llama; entonces sacaron, exhaustos, el trigo estropeado por las olas y los utensilios de hacer pan y se preparan para tostar en las llamas los granos y molerlos con una piedra.

Eneas, entre tanto, subió a una roca y echó una amplia mirada por todo el piélago, por si viese venir la de Anteas, empujada por el viento, o los birremes frigios, o a Capys o, en las altas popas, las armas de Caico. Ninguna nave a la vista, pero vio tres ciervos que andaban por la playa, a éstos seguía toda la manada y la larga fila pacía por los valles. Cogió el arco en la mano y disparó las veloces saetas, las flechas que llevaba el fiel Acates . Derribó en primer lugar a los jefes mismos, que llevaban en lo alto de la cabeza cuernos arbóreos,  después, al vulgo, y revuelve toda la turba por los frondosos bosques lanzándoles flechas,  y no desistió antes de derribar por tierra siete enormes cuerpos e igualar su número con el de las naves. El vino que el buen héroe Acestes había cargado en barriles y les había regalado cuando se alejaban de la costa Trinacria, también lo repartió,  y con estas palabras endulzó los tristes ánimos: “¡Oh, amigos! (puesto que no somos inexpertos en desastres) ¡Oh, sufridores de las cosas más graves! Dios dará también fin a éstas. Vosotros que habéis sentido hasta lo más hondo la furia de Escila y los escollos resonantes, vosotros, que habéis probado las rocas del Cíclope; apartad la tristeza de vuestros ánimos y echad fuera el miedo, tal vez será agradable recordar esto algún día. En medio de tantas desgracias y de tan variadas situaciones nos dirigimos al Lacio, está decretado que allí resurja el reino de Troya. Manteneos firmes y sed fieles a los hados propicios.” Tal habló, lleno de ingentes preocupaciones. Aunque el rostro simula esperanza, oprime el fondo de su pecho el dolor.

Aquellos se prepararon para realizar los sacrificios: arrancan la piel de los costados y dejan a la vista las vísceras, cortan una parte en trozos y, aún palpitantes, los atan con cuerdas; unos llevan los calderos a la playa y otros hacen las hogueras. Después los hombres se sientan a comer, extendidos por la hierba, se sacian de la pingüe caza y del viejo Baco. Una vez saciada el hambre por lo comido, ya levantadas las mesas, sostuvieron una larga conversación sobre los amigos perdidos, vacilantes entre el miedo y la esperanza de que vivieran o de que, estando muertos, no les oyeran aunque los llamaran. Principalmente, el pío Eneas se lamentaba ya de la desgracia del valiente Orontes, ya de la de Amicas, ya de la cruel fortuna de Lico, del fuerte Gyas y del fuerte Cloanto.

Ya  terminaba el día, cuando Júpiter, que miraba desde el alto éter el velero mar y las extensas tierras y las costas y los lejanos pueblos, se paró así en lo alto del cielo y dirigió la luz de sus ojos a los reinos de Libia. En este momento, herida por las preocupaciones que bullían en su pecho y con los ojos llenos de lágrimas, le habló Venus:

“¿De qué modo gobiernas con eternos mandatos los asuntos de los dioses y de los hombres y aterras con el rayo? ¿En qué te ha agraviado tanto mi Eneas? ¿Qué te pudieron hacer los troyanos que, después de sufrir tantas muertes, recorrieron, para llegar a Italia, toda la redondez de la Tierra? ¿Es cierto lo prometido por ti, padre, que desde allí los romanos, a partir del linaje revivido de Teucro, serán más tarde, con el correr de los años, jefes que tendrán bajo su mando el mar y las tierras todas, o has cambiado de parecer? Ciertamente, antes me consolaba de los hados adversos, en lo que se refiere a la caída de Troya y a sus tristes ruinas, por el hado que compensa, pero ahora, la misma fortuna sigue a los hombres perseguidos por tantas desgracias, ¿qué fin das, gran rey, a los trabajos?

Pudo Antenor, escapando de entre los aqueos, penetrar en los golfos ilíricos, dejar atrás los reinos interiores de los liburnos y subir hasta el nacimiento del Timavo, desde donde, a través de los montes, con vasto murmullo, entra furioso al mar, por nueve bocas, y cubre los campos junto al sonante piélago. Aquí, a pesar de todo, fundó aquél la ciudad de Padua y situó las casas de los teucros, dio nombre a la estirpe, y Troya dejó las armas; ahora descansa, disfrutando de plácida paz. Sin embargo nosotros, hijos tuyos, en los que te complaces desde lo alto del cielo, vagamos con las naves perdidas por la venganza de una sólo (¡vergonzoso!) y nos vemos muy lejos de las costas de Italia.

¿Es éste el honor que se rinde a la piedad?, ¿es así como nos devuelves el cetro?”

Sonriéndole con el gesto que hace serenarse el cielo y las tempestades, el creador de los hombres y de los dioses cubrió de besos a su hija y habló de esta manera: “Apacigua tu temor, Citerea, te permanecen inmutables los hados de los tuyos, no ha cambiado mi parecer: verás la ciudad y las prometidas murallas de Lavinia, elevarás al magnánimo Eneas tan alto como las estrellas del cielo. Éste para ti, (lo revelaré, puesto que te inquieta esta preocupación, indagando hasta lo más lejano, moveré los secretos de los hados) hará la guerra, poderoso, a pueblos salvajes, domará las costumbres de los hombres y construirá las murallas; el tercer verano lo verá reinando en el Lacio, una vez que pasen tres inviernos después de someter a los rútulos. Además, el niño Ascanio, al cual ahora se añade el sobrenombre de Iulo (era Ilo mientras se mantuvo el reino de Ilión) extenderá su dominio por grandes tierras durante treinta años, mes tras mes, y trasladará el reino de su sede de Lavinia y fortificará mucho Alba Longa. Allí reinará durante trescientos años completos el linaje de Héctor, hasta que la reina sacerdotisa Ilia, preñada por Marte, dé a luz una doble prole. Desde allí Rómulo, alegremente vestido con la amarillenta piel de la loba nutricia, reunirá gente que, a causa de su nombre, se llamarán romanos, y construirá la muralla Mavortia. No pongo límites ni a las hazañas de éstos ni a su tiempo: les di un imperio sin fin. Aunque ahora la áspera Juno siembre el terror en mar, tierra y cielo, tomará luego mejor consejo y conmigo favorecerá a los romanos, señores de todo, estirpe togada.

Así está escrito, vendrá un tiempo, pasados los lustros, en que la casa de Asáraco a Ftía y a la esclarecida Micenas domine, y sea señora de Argos, ya vencida. Nacerá de clara estirpe un César troyano que lleve el imperio hasta el Océano y su fama hasta las estrellas, Julio, cuyo nombre deriva del gran Iulo. Un día acogerás segura a éste, cargado con los despojos de Oriente, también él será invocado con votos. Liquidadas las guerras, se ablandarán las ásperas edades: la blanca fe y Vesta, Remo con su hermano Quirino darán leyes; serán cerradas con fuertes cerrojos de hierro las temibles puertas de la guerra; el impío Furor, sentado sobre las crueles armas y atado por detrás de la espalda con cien nudos de bronce, bramará dentro, horrendo, con su boca llena de sangre.”

Esto dijo, y envió desde lo alto al hijo de Maya para que las tierras, para que las nuevas ciudadelas de Cartago estuvieran abiertas en hospitalidad a los teucros y para que no los rechazase fuera de sus fronteras Dido, ignorante del hado. Vuela aquél por los aires y con el batir de sus grandes alas rápidamente alcanzó las costas de Libia. Una vez hecho el encargo, los cartagineses dispusieron sus feroces corazones de acuerdo con lo que quería el dios, en primer lugar, la reina, que recibió a los teucros con apacible ánimo y mente benigna.

Volviendo al pío Eneas, que durante la noche medita muchas cosas, en cuanto fue dada la nutricia luz, decide salir y explorar los nuevos lugares: a qué costas habrá llegado, empujado por el viento; quiénes las ocupan, hombres o fieras, pues parecen incultas, y, finalmente, referir lo averiguado a sus compañeros. Ocultó la escuadra bajo una roca excavada en lo convexo de los bosques, cerrada alrededor por árboles erizados de sombras. Marchó, acompañado sólo de Acates, blandiendo ambos astiles rematados en grandes puntas de hierro. Su madre se le apareció en el centro del bosque, adoptando la fisonomía y las armas de la virgen espartana (Diana), o tal como la tracia Harpálice, cuando fustiga a los caballos y gana en ligereza al Ebro en la carrera. Pues había suspendido, según la costumbre cazadora, el flexible arco de los hombros y había dejado que su cabellera volase con el viento, la rodilla desnuda y en un nudo recogidos los pliegues del escote. Lo primero “Hola”, dijo, “jóvenes, indicadme si visteis, por casualidad, a alguna de mis hermanas pasar por aquí, ceñida con una aljaba y una piel de moteado lince o apremiando con gritos la carrera del espumeante jabalí.” Así Venus y así, replicando a Venus, el discurso de su hijo: “Ninguna de tus hermanas ha sido vista ni oía por mí, ¡oh!, ¿a quién me recuerdas, muchacha?, pues no es tu rostro de mortal ni humana suena tu voz, ¡oh!, diosa sin duda, (¿la hermana de Febo, quizá?, ¿quizá una de la familia de las ninfas?) muéstrate propicia, quienquiera que seas, para que aligeres nuestros trabajos y nos enseñes bajo qué cielo o a las orillas de qué mundo hemos sido, por fin, arrojados: desconocedores de los lugares y de los hombres, hemos llegado hasta aquí llevados por el viento y las grandes olas. Muchas víctimas sacrificará nuestra diestra ante tus altares.” Entonces, Venus: “No me juzgo digna de tal honor. Entre las muchachas tirias es costumbre llevar aljaba y ceñirse las pantorrillas con alto coturno purpúreo. Estás viendo los reinos púnicos, a los tirios y la ciudad de Agenor, pero en las fronteras están los líbicos, pueblo intratable en la guerra. Gobierna Dido, que abandonó la ciudad de Tiro, huyendo de su hermano. Grande fue la injusticia y complicadas sus vueltas, pero intentaré contar lo más importante. Su esposo era Siqueo, el más rico en oro de los púnicos, querido por la desgraciada con gran amor, su padre se la había dado intacta, y se había casado con él el primero de todos. Pero el poder de Tiro lo tenía su hermano Pigmalión, más cruel que todos los demás por su crimen, su delirio los separó. Aquel impío, cegado por el ansia de riqueza, mata con la espada, sin que nadie se entere, al desprevenido Siqueo ante el altar, sin tener en cuenta el gran amor de su hermana. Ocultó el hecho durante algún tiempo y engañó a la dolorida amante fingiendo, infame, vanas esperanzas. Pero a ella llegó en sueños la imagen del marido enterrado. Levantando su pálida cara de forma extraña, desnudó el pecho atravesado por el hierro ante las crueles aras y la casa descubrió todo el oscuro crimen. Entonces aconseja acelerar la fuga y dejar la patria. Desenterró viejos tesoros para ayuda del camino, cantidades desconocidas de oro y plata. Conmovida por estas cosas, Dido preparaba la fuga y a sus compañeros: se juntaron con aquellos a los cuales tenía el tirano un odio cruel o agudo miedo; se apoderaron de las naves que, por casualidad, estaban ya aparejadas y las cargaron de oro: llevaron al mar la riqueza del avaro Pigmalión, tomando por jefe a una mujer. Descubrieron los lugares donde ves ahora las ingentes murallas y la ciudadela de la nueva Cartago que se levanta, dándole por nombre Byrsa, porque adquirieron tanto suelo cuanto pudiesen circundar con la piel de un toro.

Pero, vosotros, ¿qué?, ¿desde qué costas llegasteis? ¿A dónde os dirigís?”

A la que tales cosas preguntaba, suspirando y arrastrando la voz desde el fondo del corazón, respondió aquél:

“¡Oh, diosa! Proseguiré, remontándome hasta el origen primero, si hay tiempo de oír el recuento de nuestros trabajos antes de que Vesper entierre el día en el escondido Olimpo. Nosotros procedemos de la antigua Troya, si, quizá, ha llegado a vuestros oídos el nombre de Troya. Arrastrados por diversos mares, el temporal nos arrojó a las costas líbicas. Soy el pío Eneas, y llevo conmigo los penates hurtados al enemigo. Elevado por la fama hasta el cielo, mi linaje se remonta hasta el supremo Júpiter y busco en vano una patria en Italia.  Me hice a la mar con veinte naves frigias siguiendo el camino que, según las suertes asignadas por el Hado, me reveló mi divina madre; apenas siete naves han resistido a las olas levantadas por el Euro. Ignorando yo mismo (la causa), vago, empobrecido, por los desiertos de Libia, después de ser expulsado de Europa y de Asia.” No permite Venus que se queje de más cosas y toma la palabra interrumpiéndolo en mitad de su lamentación:

“No eres alguien que disfruta el aura de la vida odiado por los dioses, creo que llegarás a la ciudad tiria. Sigue avanzando y dirígete desde aquí hasta las moradas de la reina, pues te anuncio que conducirás de nuevo a tus compañeros y a la escuadra recobrada y llevada a un lugar seguro, una vez cambiados los aquilones, si no me enseñaron en vano los augurios padres embusteros.

Mira dos veces seis alegres cisnes en formación, a los cuales la plaga (el águila) de Júpiter, que deja el éter, turbaba el vuelo en cielo abierto; ahora, bien extendidos, parecen tomar las tierras o, ya tomadas, contemplarlas desde arriba: aquellos juegan con el batir de sus alas y recorren en círculo el cielo y lanzan su canto de igual modo que tú mandarás de nuevo, y tus naves y la juventud de los tuyos o ya está en puerto o, a toda vela, buscan su boca. Apresúrate y dirige la marcha por el camino que te he señalado.” Dijo, y refulgió, cuando se volvía, su nuca de rosa, y sus cabellos desde la coronilla derramaron el divino aroma de la ambrosía, su túnica se deslizó hasta el extremo de los pies y en su modo de andar se mostró la auténtica diosa. Aquél reconoció entonces a su madre, apostrofando a la que se marchaba con tal discurso: “¿Por qué tú, también cruel, engañas a tu hijo con falsas imágenes? ¿Por qué no permites que mis manos cojan tus manos y que oiga y que responda palabras verdaderas?” Acusándola en tales términos,  dirigió su marcha hacia las murallas. En cuanto a Venus, rodeó a los que marchaban de una oscuro vapor y los revistió todo alrededor con un manto de niebla para que nadie pudiese verlos ni tocarlos, o retrasar su marcha preguntando las causas de su venida.

Ella misma marchó por los aires hacia Pafos y volvió a visitar, alegre, sus moradas. Allí está su templo y arden cien altares con incienso de Saba y huelen a guirnaldas recién cortadas.

Entre tanto, siguieron su camino por el sendero que se ofrecía, y ya habían ascendido al collado que se eleva sobre la ciudad y mira desde arriba a las ciudadelas que están enfrente. Se admira Eneas de su grandeza, sólo unas cabañas en otro tiempo; admira las puertas, el ruido y el pavimento de las calles. Los tirios se afanaban con ahínco: unos, con sus manos, llevaban y traían piedras para levantar los muros y terminar la ciudadela, otros elegían el lugar de la edificación y lo cercaban con un foso; los magistrados y el santo senado están dando las leyes. Unos excavan aquí los puertos; otros, allí, colocan los altos cimientos del teatro, tallan enormes columnas de piedra, adorno apropiado de la escena futura: como hacen su labor las abejas cada verano bajo el sol, por los campos floridos, cuando sacan a los fetos ya adultos de la familia, o cuando acumulan la líquida miel y llenan con el dulce néctar las celdillas; ya reciben la carga de las que vienen, ya, en formación, alejan de las colmenas al enjambre de zánganos; hierve el trabajo y la miel fragante huele a tomillo.

“¡Afortunados aquellos cuyas murallas están levantándose!” Dijo Eneas, y elevó la vista a los tejados de la ciudad. Envuelto en la niebla (asombra decirlo), llega hasta el interior y se mezcla con los hombres, pero ninguno le ve. Había en el centro de la ciudad un bosquecillo de gratísima sombra en el que, después de arrojados por las olas y la tormenta, los púnicos encontraron el primer signo que la regia Juno les había otorgado: una cabeza de impetuoso caballo; pues su gente será durante siglos, superior en la guerra y rápido en la victoria. Allí levantaba la sidonia Dido el enorme templo de Juno, opulento por los dones y por la protección de la diosa, de cuyas gradas surgían los broncíneos umbrales y las vigas unidas con bronce y rechinaban en su gozne las puertas de bronce. En este lugar, por primera vez, calmó su temor algo nuevo que le salió al paso, atreviéndose aquí por primera vez Eneas a esperar la salvación y a tener confianza en la mejora de sus aflicciones. Pues, ocultándose a la reina, pasa revista mientras tanto a cada cosa bajo el enorme templo, hasta cuál fuese la suerte de la ciudad, se maravilla del trabajo de las obras de arte y del estilo de los artistas, ve por orden las luchas ilíacas y la guerra, ya difundida por todo el orbe por la fama, a los dos atridas y a Príamo y al cruel Aquiles. Permaneció de pie y llorando. “¿Qué lugar?”, dijo, “Acates, ¿qué región de la tierra no está enterada de nuestra empresa? ¡He aquí a Príamo¡ Aquí es alabado su botín, son las lágrimas, también lo que perece hiere la mente. ¡Desecha el miedo! Esta fama te procurará cierta salvación.” Así habló, y alimentó su alma con la vana pintura y, sufriendo muchas cosas, anega su rostro en un largo río, pues veía que los combatientes en torno a esta Pérgamo huían de los griegos y desaparecía la juventud troyana. En ésta, perseguía con el carro a los frigios el crestado Aquiles, y, no lejos de allí, reconoció, llorando, las tiendas de Reso, de nívea tela, muchas de las cuales, sorprendidas a traición en el primer sueño, devastaba con cruel matanza el sanguinario Tidida (Diomedes); se volvió a los caballos que ardían antes de haber gustado el primer pasto o de haber bebido en el Janto de Troya. Troílo, niño infeliz, huyendo hacia otra parte, después de perdidas las armas, enfrentándose, desigual, con Aquiles, es arrastrado por los caballos y se queda enredado en el carro vacío, sujetando todavía las riendas, tendido boca arriba; su cuello y sus cabellos son arrastrados por tierra y con la lanza vuelta escribe en el polvo. Entre tanto, iban al templo de la no propicia Palas las desesperadas ilíades, mesándose los cabellos, y llevando el peplo en ademán de súplica, tristes y golpeándose el pecho con las manos; la diosa, hostil, mantenía los ojos clavados en el suelo.

Tres veces había arrastrado a Héctor alrededor de los muros ilíacos Aquiles, y había vendido por oro su cuerpo exánime. Pero entonces prorrumpe en grandes gemidos desde lo más profundo de su pecho porque los despojos, porque el carro, porque el mismo cuerpo de su amigo vio y las manos inermes que Príamo tendía; también se reconoció a si mismo mezclado entre los principales aqueos; las tropas de Eos  y las armas del negro Memnón. Conduce el ejército de las amazonas, con escudos en forma de media luna, Pentesilea, que se enfurece y arde en medio de los soldados, la guerrera que se ciñe un cinturón de oro al pecho desnudo y se atreve, siendo una muchacha, a guerrear contra hombres.

Mientras son vistas por el dardanio Eneas estas cosas admirables, mientras se queda atónito por lo que ve y permanece quieto fijándose en cada una, llegó la bellísima reina Dido al templo rodeada por un tropel de jóvenes. Como en las orillas del Eurotas o en las cimas del Cinto, Diana, a la que se juntan mil Oréadas que la siguen por aquí y por allá, dirige los corros, lleva la aljaba colgando del hombro y destaca entre todas las diosas (la alegría inunda el silencioso corazón de Latona); tal era Dido y tal se conducía, alegre entre ellos, dedicándose a la construcción del reino futuro. Entonces, bajo los pórticos de la diosa, en medio del frontón del templo, se sentó satisfecha en un alto sitial rodeada de sus armas. Otorgaba los cargos y daba leyes a los hombres, y repartía en porciones justas el trabajo de la obra o lo echaba a suertes; entonces, de repente, ve Eneas que se acercan a la gran multitud Anteas, Sergesto, el fuerte Cloanto y otros teucros a los que había separado enteramente en el mar la negra tormenta y los había arrojado a otras costas. Se quedó atónito, afectado al mismo tiempo por el miedo y la alegría, lo mismo que Acates. Deseaban, ávidos, estrechar sus manos, pero la extraña situación turba sus ánimos. Disimulan y bajo la hueca nube tratan de avizorar cuál ha sido la suerte de los hombres, en qué costa han dejado la flota, a qué vienen, pues llegaban al templo oradores elegidos de todas las naves y pedían clamorosamente venia. Después de introducidos, y dado el permiso para hablar en público, el gran Ilioneo, con ánimo tranquilo, así empezó: “¡Oh, reina!, a quien Júpiter concedió fundar una nueva ciudad y frenar a las gentes soberbias con la justicia, te suplicamos, pobres troyanos arrastrados por los vientos por todo el mar:  no permitas que ilícitamente se quemen las naves, respétalas con piedad y mira nuestras cosas como si fueran tuyas. Nosotros no venimos a destruir los penates líbicos ni a cambiar los despojos robados en las regiones costeras; esa violencia no está en nuestro ánimo ni cabe tanta soberbia en los vencidos. Hay un lugar al que llaman los griegos Hesperia, antigua tierra, fuerte en armas y rica en tierras de labor, la colonizaron hombres de Enotria; ahora creo que la llaman Italia los descendientes, por el nombre del fundador del linaje. Ese fue nuestro rumbo cuando, de pronto, surgiendo del agua el nuboso Orión nos llevó a unos bajíos ocultos, y, completamente a merced de los austros desencadenados, nos dispersó por las olas hacia el crecido mar o hacia rocas inaccesibles. Unos pocos llegamos aquí, a vuestras costas. ¿Qué linaje de hombres o qué patria permitió tan bárbara costumbre? Se nos niega asilo en la playa. Llaman a iniciar la guerra y nos impiden acampar. Si menospreciáis el linaje de los hombres y las mortales armas, temed a los dioses que guardan memoria de lo lícito y lo ilícito.

Nuestro rey era Eneas, no hubo otro más justo que él en lo referente a la piedad ni más fuerte en la guerra ni en el manejo de las armas, al cual, si se guardan los hados de los hombres y disfruta de la brisa del cielo y no yace ya entre las crueles sombras, le disgustara en sumo grado combatir contigo, no por miedo, sino por cortesía.

Tenemos también en las regiones sículas ciudades y armas, pues el noble Acestes es de linaje troyano.

Que nos sea permitido carenar la flota quebrantada por los vientos y reparar las cuadernas y cortar nuevos remos con madera, si nos es dado marchar a Italia con los compañeros y con el rey recobrado, porque a Italia y al Lacio intentamos llegar felizmente; pero si no, si a ti, padre óptimo de los teucros, aniquilada la salud, te tiene el mar de Libia y no queda ya esperanza para Julo, en cambio, por lo menos a los estrechos de Sicilia y a los lugares preparados, desde donde, una vez llegados, nos dirijamos al rey Acestes.” Tal habló Ilioneo mientras los dardánidas emitían un murmullo de aprobación. Entonces Dido, más brevemente, contestó bajando el rostro: “Sacad el miedo del corazón, teucros, desechad las preocupaciones. También es dura la novedad de un reino, edificarlo y mantener con guarda sus fronteras en toda su extensión, tales cosas me obligan a mí.

¿Quién el linaje de los eneadas, quién la ciudad de Troya no conoce y sus hombres y su valor o los incendios de tanta guerra? No tenemos corazones tan insensibles los púnicos, ni tan opuesto a la ciudad tiria apareja el sol sus caballos. Ya optéis por la gran Hesperia y los campos saturnios o por el rey Acestes en las fronteras ericias, mandaré a todos en auxilio y ayudaré con recursos. ¿Queréis instalaros conmigo en estos reinos en pie de igualdad? La ciudad que fundo es vuestra; traed las naves y no haré distinción entre tirios y troyanos. Y además, ¡ojalá llegue el mismo Eneas impulsado por el Noto!, enviaré, por cierto, a algunos a la playa y ordenaré que revisen las partes más extremas de Libia, por si, expulsado de las ciudades, vaga por estas selvas.” Fortalecido su ánimo por estas palabras, el fuerte Acates y el padre Eneas ardían por salir de la nube. Apostrofará primero Acates a Eneas: “¡hijo de diosa! ¿Qué pensamiento surge ahora en tu ánimo? Ves todas las cosas: escuadra y compañeros recobrados. Uno falta, al que nosotros mismos vimos sumergirse en medio del mar, el resto responde a las predicciones de tu madre.” Apenas había dicho esto, cuando de repente se separa la nube que los rodeaba y deja en el aire un lugar abierto. Quedó Eneas bajo la clara luz y refulgieron su rostro y sus hombros como los de un dios pues su misma madre había insuflado en el hijo abundantes gracias para los ojos: una hermosa cabellera y el bello esplendor de la juventud, como cuando a las manos se añaden adornos de marfil o cuando es rodeada con oro la plata o el mármol de Paros. Entonces así se dirigió a la reina y a todos los reunidos, de repente, improvisando, dijo: “Públicamente presento al que buscáis, el troyano Eneas, arrojado violentamente por  por las olas libias. ¡Oh, la única compadecida de las indecibles fatigas de Troya, que a nosotros, los que dejaron los dánaos, exhaustos ya por tantas desgracias de mar y tierra, despojados de todo, a tu ciudad y casa nos asocias. No podemos, Dido, darte las gracias que mereces, ni nadie del linaje de Dárdano, esparcido por todo el orbe. Los dioses a ti, si los númenes respetan a los piadosos, si la justicia está en alguna parte y se da cuenta de lo recto, digno premio te darán. ¿Qué siglos te trajeron tan oportuna? ¿Cuántos antepasados tal te engendraron? Mientras los ríos corran al mar, mientras se rodeen de sombra las cuevas de los montes, mientras el cielo se nutra de estrellas, permanecerán el honor y las alabanzas a tu nombre, sean cuales sean las tierras que me llamen.” Después de hablar así, dio la mano derecha a su amigo Ilioneo y la izquierda a Seresto, después a otros: al fuerte Gyas y al fuerte Cloanto.

Quedó atónita la sidonia Dido en primer lugar por la vista del hombre y después por tanta desgracia, y de este modo habló con su boca: “¿Quién echó sobre ti, hijo de diosa, las suertes adversas en medio de tantos peligros? ¿Qué fuerza te lleva a costas extranjeras? ¿No eres tú aquel Eneas que parió la nutricia Venus para el dardanio Anquises en Frigia, a orillas del Simois? También recuerdo que alguno de los teucros llegó a Sidón, expulsado de las fronteras patrias, demandando nuevos reinos con la ayuda de Belo; entonces Belo, mi padre, devastaba la feraz Chipre y la gobernaba como vencedor; ya desde ese tiempo era conocida por mí la caída de la ciudad troyana, y tu nombre y los reyes pelasgos. Él mismo llevaba a los teucros contra los enemigos con gran valor, pues se quería nacido de un antiguo linaje teucro.

De modo que, jóvenes, moveos y seguidnos a nuestras casas. Yo también fui obligada por una suerte parecida a muchos trabajos hasta que, por fin, me hizo acabar en esta tierra. No ignorando el mal, sé cómo socorrer a los desgraciados.” De este modo recordaba, al punto  lleva a Eneas a las estancias reales y declara públicamente su honor en los templos de los dioses. Mientras tanto envía a la costa no menos de veinte toros, los de más grandes lomos de los cien que ella tenía, y cien pingües corderos con sus madres, regalo digno de los dioses.

El interior de la casa está equipado con objetos espléndidos, de un lujo principesco,  y se preparan en medio de la sala los sitios de los convidados: manteles elaborados con primor y de soberbia púrpura; en las mesas, el gran servicio de plata llevaba cincelados en oro los valientes hechos de los antepasados, serie larguísima de hazañas llevadas a cabo por tantos hombres desde el lejano origen del linaje.

Eneas (pues el amor paternal que sufría no dejaba descansar su mente) mandó a Acates que fuera rápido a las naves y llevase estas nuevas a Ascanio y lo trajese a las murallas. Toda la preocupación del padre era para su querido Ascanio. Manda traer, además, presentes sacados de las ruinas ilíacas, un manto rígido por los bordados en oro y una túnica orlada de acanto azafrán, adornos de la argiva Elena, maravilloso regalo de su madre, Leda, que aquella había llevado de Micenas a Pérgamo cuando pretendiese sus bodas ilícitas; además, el cetro que llevara en otro tiempo, en Ilión, la mayor de las hijas de Príamo y una gargantilla de perlas junto con una doble corona de oro y piedras preciosas. Cuidándose de todas estas cosas, marchaba hacia las naves Acates. Pero Citerea vuelve su ánimo a nuevas estrategias y toma una nueva decisión: que venga Cupido, cambiando figura y rostro por los del dulce Ascanio y abrase a la reina con sus dones hasta dejarla fuera de si y que hasta los huesos aplique la llama. Pues teme que a la ambigua casa y a los tirios de doble lengua inflame la implacable Juno y después de la noche su amor desparezca. De modo que con estas palabras se dirige al alado Amor:”Hijo mío, mis fuerzas, mi gran poder, el único hijo del supremo padre, que desdeñas los dardos de Tifeo, a ti recurro e imploro suplicante tus divinos poderes. Date cuenta de que tu hermano Eneas fue arrastrado por el mar de playa en playa a causa de los odios de la cruel Juno y que a menudo te afligiste con nuestro dolor. Ahora lo retiene la fenicia Dido y le distrae con dulces palabras, pero temo que en cualquier momento se cambien las hospitalidades junianas: no estará quieta (Juno) en tan crítica coyuntura. Por tanto, planeo atrapar antes con engaños a la reina y ceñirla de llamas para que no cambie su voluntad, sino que se mantenga en mi bando por su gran amor a Eneas. Tú eres capaz de hacerlo, ahora escucha nuestro designio: se prepara que vaya a la ciudad sidonia, por mandato de su querido padre, el hijo del rey, mi máxima preocupación, que lleva por el mar los dones que quedan del incendio de Troya. Yo lo esconderé, sumido en sueño, sobre la alta Citera o en el santuario de los idalios, para que no pueda enterarse de todo esto ni aparecer en medio de los engaños. Simula el rostro suyo no más de una noche y, niño tú, revístete de las facciones conocidas del niño; para que, cuando entre las reales mesas y el líquido Lieo (Baco) te acoja en su regazo la felicísima Dido y te abrace y te bese dulcemente, le inocules secretamente tu fuego y la engañes con tu veneno.” Obedece el Amor los mandatos de su querida madre. Desplegó sus alas y marchó alegre al encuentro de Julo. Por su parte, Venus esparce sobre los miembros de Ascanio una plácida quietud y en su regazo lo llevó la diosa a los altos bosques de Idalia (Chipre), allí lo deposita entre las blandas flores de mejorana, respirando bajo la dulce sombra. Iba ya Cupido, obediente a lo dicho, y llevaba los regios dones, alegre, a los tirios, junto al jefe Acates.

La reina, cuando llegó, se situó frente a los soberbios tapices y se acomodó en medio del dorado lecho, ya el padre Eneas se reunió con la juventud troyana y se sentó a la mesa sobre lecho de púrpura. Dan agua a las manos los criados y sacaron el pan en canastillos y llevaron toallas para los que se habían afeitado la barba. En el interior hay cincuenta fámulos, a los que corresponde abastecer la gran despensa y mantener encendido el fuego de los penates; otros cien servidores, todos de la misma edad, cargan las mesas de manjares y llenan los vasos. También los tirios concurrieron en gran número por las ricas puertas, se sentaron a la mesa ordenadamente en los pintados lechos. Se admiraron de los regalos de Eneas y se admiraron de Julo. Su rostro de dios resplandeciente y sus fingidas palabras, el manto y la túnica decorada con cenefa de acanto azafrán. Principalmente la fenicia, consagrada a su desgracia futura, no fue capaz de pensar y ardió por lo que veía, igualmente por el niño y por los regalos se emociona. Aquél, cuando se colgó, abrazándolo, del cuello de Eneas y se saturó del gran amor del falso padre, se dirigió a la reina. Ésta con los ojos, ésta con todo el corazón está fija en él y de vez en cuando lo acurruca en su regazo, ignorando Dido cuán gran desgracia siembra el dios. En cuanto a él, que recuerda el encargo de su madre Acidalia (Venus), comienza poco a poco a borrar a Siqueo e intenta transformar en un amor vivo las pasiones apaciguadas desde hace ya tanto tiempo en los ánimos y en los desacostumbrados corazones.

Después, al comenzar el descanso de la comida, una vez recogidas las mesas, colocaron grandes cráteras y las llenaron de diferentes clases de vinos. Se produce un gran estrépito bajo los techos y resuenan por la voz los amplios atrios. Cuelgan de los artesonados lámparas encendidas y las llamas de los candelabros vencen a la noche. En este momento la reina pide una pátera de oro cuajada de piedras preciosas y la llenó de vino puro, tal como Belo y todos desde Belo solían, y después, cuando quedó en silencio la estancia, dijo: “Júpiter, puesto que dicen que tú das las leyes de la hospitalidad, quiere que sea este un día feliz para los tirios y para los que huyeron de Troya, y que nuestros jóvenes lo recuerden. Están presentes Baco, que da alegría, y la buena Juno; también vosotros, tirios, celebrad benevolentes el encuentro.” Y derramó en la mesa, la primera, la parte de los vinos destinada a los dioses, una vez hecha la libación, lo llevó a su boca suavemente, luego se lo pasó a Bitias, haciéndolo resonar, aquél, diligente, se apoderó de la espumeante pátera y bebió copiosamente en la copa de oro puro, después el resto de los próceres.

Hace sonar Jopas, pulsándola, la dorada cítara, le había adiestrado en su manejo el gran Atlas. Cantó a la errante luna y los trabajos del sol; de dónde viene el linaje de los hombres y de las bestias; de dónde la lluvia y el fuego, Arturo y las lluviosas Híades y las Osas, por qué se apresuran tanto a bañarse en el Océano los soles en invierno o qué obstáculo detiene su paso en las largas noches. Redoblan sus aplausos los tirios, los teucros les siguen. Sin lugar a dudas, la noche pasaba en variadaconversación  y la infeliz Dido largamente bebía el amor, preguntando muchas cosas sobre Príamo, muchas sobre Héctor; ahora con qué armas viniese el hijo de la Aurora. Ora cómo fuesen los caballos de Diomedes, ora cuán grande fuese Aquiles. “Empieza, por cierto, huésped a contarnos desde su origen primero las insidias”, dijo, “de los dánaos y las desgracias de los tuyos y tus extravíos; pues ya llevas siete años errante por todas las tierras y mares.”

 

 

Neptuno calma la tempestad. P.P. Rubens, 1635